Skip to main content

Podcast: Bendiciones Diarias con Ministerio Campo Adel

Featured

Lo Que Dios Hace Mientras Esperas

 Cómo Dios transforma nuestra vida en los silencios más difíciles. La espera nunca es un tiempo perdido. En los momentos de incertidumbre, Dios puede estar formando nuestro carácter, profundizando nuestra fe y preparándonos para lo que aún no alcanzamos a ver. El teléfono está al lado tuyo, boca arriba, inmóvil, pero tú lo vuelves a mirar. No ha vibrado. No ha sonado. La pantalla permanece oscura, un espejo negro que no te devuelve ninguna respuesta. Aun así, lo tomas, abres el correo, actualizas la bandeja de entrada, revisas los mensajes y lo colocas otra vez en el exacto mismo lugar, como si el acto físico de soltarlo pudiera provocar que finalmente suene. El médico, con esa voz aséptica y profesional que utilizan quienes no habitan tu cuerpo, dijo que los resultados llegarían pronto. La compañía prometió llamar antes del viernes para confirmar si el puesto era tuyo. La persona que amas, mirándote con una distancia que te heló la sangre, pidió tiempo para pensar. Tú oraste, te p...

El Proceso Que Nadie Quiere Pero Todos Necesitan

 

Un herrero golpea metal al rojo vivo mientras las chispas iluminan una escena que simboliza el proceso de transformación y formación del carácter.
Las pruebas que más duelen suelen ser las mismas que Dios utiliza para forjar un carácter firme, íntegro y digno de confianza.

Cualquiera que haya pasado por la experiencia de un huracán categoría cuatro o cinco en nuestra isla sabe perfectamente que, cuando los vientos comienzan a aullar y la presión barométrica cae, lo único que realmente importa es cómo están construidos los cimientos de la casa. En esos momentos de oscuridad, donde se va la luz y el viento parece querer arrancar las tormenteras, no importan los adornos de la sala ni el color de la pintura exterior. Lo que te mantiene a salvo es aquello que no se ve: la profundidad de las varillas, la calidad del cemento, el amarre de las vigas. De la misma manera, en la vida espiritual y emocional, hay un fundamento invisible que nos sostiene cuando la vida nos da cantazos. A ese cimiento indispensable la Biblia le llama carácter.

Es fascinante descubrir que la palabra "carácter" proviene del griego antiguo charaktēr, que originalmente no se refería a una actitud o a un estado de ánimo, sino a una herramienta muy específica. Era el cincel que usaban los artesanos para grabar, o el cuño de metal pesado con el que se acuñaban las monedas del imperio. La imagen es poderosa y, a la vez, nos confronta. Un carácter no se forma con buenas intenciones, ni escuchando un par de canciones bonitas el domingo por la mañana. Se forma bajo presión. Se forja a fuerza del martillo y el fuego en el taller del Maestro.

A veces pensamos que tener "mucho carácter" es ser el guapetón del barrio, el que grita más fuerte o el que nunca da su brazo a torcer. Pero la perspectiva bíblica nos voltea esa idea patas arriba. Cuando Dios forja tu carácter, no te hace más ruidoso, te hace más sólido. En mi caminar investigando las Escrituras y tratando de entender cómo la historia antigua ilumina nuestra vida diaria, he encontrado cuatro señales inconfundibles que marcan la vida de una persona cuyo corazón ha pasado por la fragua de Dios: integridad, dominio propio, autenticidad y fidelidad.

Vamos a sentarnos un momento, como si estuviéramos compartiendo un buen café puya en la marquesina de la casa, a examinar estas señales y a ver cómo la Biblia, con toda su riqueza histórica y cultural, nos reta a vivir de una manera totalmente diferente a la que el mundo nos tiene acostumbrados.

La fragua del desierto: Integridad y el peso de ser de una sola pieza

La primera señal de que Dios está trabajando en lo profundo de tu vida es el desarrollo de la integridad. Hoy en día, usamos esa palabra para describir a alguien que no roba chavos o que dice la verdad, y eso está muy bien, pero el concepto bíblico es muchísimo más profundo y hermoso. En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea que más se acerca a nuestra idea de integridad es tam o tamim. Su significado primario no es simplemente "moralmente bueno", sino "completo", "entero", "sin fisuras" y "de una sola pieza".

Para entender esto, tenemos que viajar en el tiempo a las antiguas prácticas de adoración en Israel. En Deuteronomio 27:6, Dios le da a Moisés una instrucción muy particular sobre cómo debían construir el altar para los sacrificios: "De piedras enteras edificarás el altar de Jehová tu Dios". La palabra usada ahí es shlemah, que comparte la misma raíz de shalom (paz, plenitud). Dios no quería piedras que hubieran sido pulidas artificialmente, ni talladas con herramientas de hierro para que lucieran perfectas por fuera pero estuvieran debilitadas por dentro. Él quería piedras enteras, auténticas en su estado natural.

Eso es exactamente la integridad: ser de una sola pieza. Es la capacidad de ser la misma persona cuando estás cantando en la iglesia, cuando estás atascado en un tapón monumental en el Expreso Las Américas a las cinco de la tarde, o cuando estás completamente solo frente a la pantalla de tu computadora a las dos de la madrugada. La falta de integridad nos fragmenta. Nos convierte en actores que cambian de libreto según el público que tengamos al frente.

El rey David, un hombre que supo lo que era fallar miserablemente pero también lo que era el arrepentimiento profundo, entendió este principio. En el Salmo 78:72, el texto nos dice que David pastoreó al pueblo "con integridad de corazón". Antes de ser rey, David pasó años en el desierto, huyendo, escondiéndose en cuevas y bregando con la soledad. Allí, en ese calor implacable del desierto de Judea, donde nadie le aplaudía y donde solo las ovejas eran testigos de sus acciones, Dios estaba forjando al rey. El desierto es la fragua perfecta de Dios, porque allí se queman nuestras agendas ocultas.

Una persona forjada por Dios no divide su vida en "lo sagrado" y "lo secular". Para el que tiene un carácter íntegro, hacer bien su trabajo en la oficina, tratar con respeto al que le atiende en el supermercado y cuidar de su familia son actos de adoración tan reales y sagrados como levantar las manos en un culto. La integridad es esa brújula interna que no se desvía, sin importar hacia dónde sople el viento de la conveniencia. Es saber que la mirada de Dios sobre nosotros no es para condenarnos, sino para sostenernos en nuestra verdad más profunda.

Murallas inquebrantables y el rechazo a las máscaras

La segunda y tercera señal del carácter forjado por Dios caminan de la mano: el dominio propio y la autenticidad. En el libro de los Proverbios, escrito en un contexto donde la supervivencia de una comunidad dependía literalmente de su arquitectura militar, Salomón nos regala una de las metáforas psicológicas y espirituales más brillantes de toda la antigüedad. Proverbios 25:28 dice: "Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda".

Para captar el peso de este versículo, hay que entender cómo funcionaba una ciudad en el antiguo Cercano Oriente. Piensa en lugares como Jericó, Meguido o la misma Jerusalén. La gloria de una ciudad no estaba en sus palacios interiores, sino en sus murallas. Los arqueólogos han descubierto que las ciudades fortificadas de la Edad de Hierro construían muros de casamatas (muros dobles con espacio en el medio) y puertas monumentales de varias cámaras. ¿Por qué tanta inversión? Porque una ciudad sin murallas era una invitación abierta al desastre. No importaba cuántas riquezas tuvieras adentro; si los muros estaban en el piso, cualquier banda de saqueadores, cualquier ejército enemigo o hasta los animales salvajes podían entrar a hacer un revolú y destruir en una noche lo que había tomado décadas construir.

El dominio propio —que en el Nuevo Testamento se llama egkrateia, la capacidad de gobernarse a uno mismo desde adentro hacia afuera— es la muralla de tu alma. Cuando un cristiano carece de dominio propio, sus murallas están en el piso. Y esto se ve claramente en nuestra cotidianidad a través de varias brechas en nuestro carácter:

  • Nuestra boca: Soltamos palabras que hieren y destruyen en un momento de coraje, justificándonos con un "es que yo digo las cosas como son".

  • Nuestro tiempo: Gastamos horas infinitas deslizando el dedo en el celular viendo la vida de otros, mientras descuidamos las responsabilidades y a las personas que tenemos de frente.

  • Nuestras emociones: Dejamos que la ansiedad, la ira o el desánimo tomen el volante de nuestras decisiones importantes.

  • Nuestros impulsos: Cedemos a la primera tentación financiera, alimentaria o sexual porque no tenemos la estructura interna para decirnos "no" a nosotros mismos.

Dios forja el dominio propio en nosotros no para ponernos una camisa de fuerza, sino para darnos libertad. Una ciudad amurallada era un lugar seguro donde la gente podía florecer, comerciar y dormir en paz. Cuando el Espíritu Santo desarrolla el dominio propio en ti (Gálatas 5:22-23), te convierte en un refugio seguro para ti mismo y para los tuyos.

Y aquí entra la autenticidad. Fíjate que el dominio propio no es aguantar la respiración y fingir que todo está bien; eso es represión, no transformación. La autenticidad requiere que derribemos las murallas falsas que usamos para aparentar. En el primer siglo, a solo unas pocas millas del pueblito donde Jesús se crio en Nazaret, estaba la próspera ciudad grecorromana de Séforis. Allí había un teatro tremendo. En la cultura grecorromana, los actores usaban máscaras gigantes de madera o barro para representar a sus personajes. El nombre griego para ese actor que respondía detrás de la máscara era hypokritēs.

Cuando Jesús, años más tarde, confrontaba a los líderes religiosos de su época y les decía "¡Hipócritas!", no les estaba soltando un insulto cualquiera. Les estaba hablando con un lenguaje cultural que todos entendían. Les decía: "Ustedes son actores. Llevan una máscara sagrada, hacen un espectáculo de su religión, pero cuando cae el telón y se quitan la máscara, hay un vacío terrible por dentro".

El carácter forjado por Dios no tiene espacio para el teatro religioso. La autenticidad es esa valentía hermosa de poder sentarte frente a Dios, y frente a personas de confianza, y decir: "Hoy no estoy bien. Hoy tengo dudas. Hoy metí la pata". No hay nada más refrescante que encontrar a un creyente que no tiene la necesidad de proyectar una imagen de perfección. La autenticidad desarma el orgullo. Nos permite llorar cuando hay que llorar, y reír con ganas cuando hay motivos. Dios no puede sanar a la persona que pretendes ser; Él solo puede transformar y forjar a la persona que realmente eres, con tus virtudes, tus traumas, tus arranques y tus miedos.

Las manos firmes: La fidelidad que sostiene cuando nadie mira

La cuarta señal de un carácter maduro es la fidelidad. Si tuviéramos que buscar una imagen que capture esta virtud, tendríamos que ir al relato de Éxodo 17. El pueblo de Israel, que acaba de salir de Egipto, es atacado por los amalecitas en un lugar llamado Refidim. Mientras Josué y el ejército pelean en el valle, Moisés sube a lo alto del monte con la vara de Dios en su mano. La historia nos dice que cuando Moisés mantenía sus manos levantadas, Israel ganaba la batalla, pero cuando se cansaba y las bajaba, los enemigos prevalecían.

Aquí hay un detalle profundamente humano. Moisés no era un superhéroe de las películas de Marvel; era un hombre de carne y hueso, probablemente entrado en años, bajo el sol implacable del desierto. Sus brazos, dice el texto, "se cansaron". Y es ahí donde intervienen Aarón y Hur. Le buscaron una piedra para que se sentara, y se colocaron uno a cada lado para sostenerle los brazos. El versículo 12 concluye con una frase bellísima en el original hebreo: "Y hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol".

La palabra que Reina-Valera traduce como "firmeza" es emunah. Es un término fascinante. De ahí viene nuestra palabra "Amén" (así sea, es verdad). Aunque a menudo traducimos emunah como "fe", en el pensamiento hebreo antiguo no se refería tanto a un asentimiento intelectual (creer algo en la mente), sino a una firmeza práctica, a la estabilidad. Emunah es ser como una columna que sostiene el techo de una casa; puedes recostarte de ella porque no se va a mover. Es ser una persona de fiar.

Esa es la fidelidad que Dios forja en el carácter cristiano. Vivimos en una cultura de lo desechable, donde si algo se rompe, lo botamos; si una relación requiere esfuerzo, la dejamos; si un compromiso se vuelve incómodo, lo cancelamos. Pero el carácter divino refleja la naturaleza de un Dios que hace pactos y no los rompe. La fidelidad es la capacidad de mantener el rumbo cuando se acabó la emoción del primer día. Es el esposo que cuida a su esposa enferma día tras día, sin buscar aplausos. Es la madre que ora por su hijo de madrugada en el silencio de su cuarto. Es el empleado que llega a tiempo y hace el trabajo con excelencia aunque el jefe no lo esté mirando. Es el amigo que no te abandona cuando estás pasando por tu peor momento.

Desarrollar emunah duele porque va en contra de nuestro instinto de buscar lo más fácil y lo más rápido. Pero Dios, que es paciente como el mejor de los alfareros, sabe que sin fidelidad ninguna de las otras virtudes puede sostenerse a largo plazo. Él usa las rutinas diarias, los pequeños compromisos y las pruebas de perseverancia para inyectarnos esa firmeza en el ADN de nuestro espíritu.

Al final del día, cuando miramos estas cuatro señales —la integridad que nos hace de una sola pieza, el dominio propio que levanta murallas contra nuestros peores impulsos, la autenticidad que nos quita las máscaras y la fidelidad que nos mantiene firmes— nos damos cuenta de una realidad humillante pero esperanzadora. Ninguno de nosotros nace con este carácter. No es cuestión de leer un libro de autoayuda o de recitar cinco afirmaciones positivas frente al espejo.

Este nivel de vida requiere rendición. Requiere que le entreguemos las riendas a Aquel que nos diseñó. Requiere que digamos: "Señor, aquí está el bloque crudo de mi vida; toma el cincel y el martillo, y aunque duela el proceso de quitar lo que sobra, graba tu charaktēr, tu imagen, en lo profundo de mí". Es un proceso de toda la vida. Habrá días en que nos sentiremos en la fragua, llenos de calor y de golpes, pero la promesa es segura: el Maestro Artesano no deja a medias la obra que comenzó. Y el resultado será una vida hermosa, firme, que refleje la luz del cielo en medio de cualquier tormenta, y que sirva de refugio y ejemplo a los que vienen caminando detrás de nosotros.

Comments

Popular Posts