Podcast: Bendiciones Diarias con Ministerio Campo Adel
Featured
El Padre Nuestro y la Voluntad de Dios
![]() |
| Orar no es imponer nuestros deseos, sino aprender a confiar y someternos a la voluntad de Dios en cada circunstancia. |
Antes de llegar a Mateo 6:5, Jesús ya ha subido al monte, ya se ha sentado como maestro, ya ha reunido delante de sí una multitud marcada por la necesidad, la expectativa y el cansancio espiritual. Mateo nos había dicho antes que su fama corría por toda Galilea, que la gente le traía enfermos, endemoniados, afligidos, paralíticos, y que grandes multitudes le seguían desde Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán. No estamos, pues, ante una conversación privada ni ante una enseñanza lanzada al azar. Estamos en el corazón del Sermón del Monte, uno de los discursos más densos, más exigentes y más revolucionarios de todo el Nuevo Testamento.
Ese detalle importa, y importa mucho.
Cristo no está soltando frases sueltas para inspirar a la gente un ratito. Está presentando la ética del reino. Está describiendo cómo luce la vida cuando Dios reina de verdad sobre una persona. Por eso Mateo 5 abre con las bienaventuranzas, continúa con la identidad de los discípulos como sal de la tierra y luz del mundo, y luego entra a una serie de correcciones profundas sobre la ley, la ira, el adulterio, el divorcio, los juramentos, la venganza y el amor al enemigo. En otras palabras, Jesús no viene a decorar la religión existente. Viene a penetrarla, a purificarla, a llevarla a su raíz.
Al llegar al capítulo 6, el énfasis cambia un poco, aunque el hilo sigue intacto. Si en el capítulo 5 Cristo había confrontado la lectura superficial de la ley, en el capítulo 6 confronta la piedad superficial. Ahora el asunto no es solo lo que el ser humano hace, sino desde dónde lo hace, para quién lo hace y con qué corazón lo hace. Por eso el capítulo arranca con una advertencia general: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos” (Mateo 6:1). Esa oración funciona como puerta de entrada a todo lo que sigue.
Primero habla de la limosna. Después habla de la oración. Más adelante habla del ayuno. En los tres casos el problema es el mismo: una espiritualidad que busca espectadores. Una devoción que, aunque use lenguaje santo, en realidad quiere aplauso. Una religiosidad que parece mirar al cielo, pero está pendiente del ojo humano. Jesús, sin rodeos, denuncia esa trampa.
De ahí llegamos a Mateo 6:5. No llegamos de repente. Llegamos por una ruta muy clara.
Jesús dice: “Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mateo 6:5). El golpe cae fuerte. Cristo no condena la oración en público como tal, porque él mismo oró públicamente en distintas ocasiones. Lo que condena es la oración convertida en espectáculo. Condena la devoción usada como escenario. Condena la piedad que se alimenta de la mirada ajena.
En el mundo judío del primer siglo, orar en ciertos momentos del día era parte normal de la vida religiosa. El problema, por tanto, no era el acto externo de orar de pie, porque esa postura era conocida y legítima. El problema era el amor a la exhibición. El texto lo dice con claridad: “aman” orar así. No porque aman a Dios, sino porque aman ser vistos. Ahí está la enfermedad. El hipócrita no convierte la oración en un encuentro; la convierte en una vitrina.
Frente a eso, Jesús propone otra escena: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mateo 6:6). El énfasis cae sobre la intimidad. No sobre la performance, sino sobre la sinceridad. No sobre la plaza, sino sobre el corazón. El aposento no es un amuleto arquitectónico. No se trata de que Dios solo escuche dentro de cuatro paredes. Se trata de una postura espiritual: la oración auténtica nace cuando desaparece la necesidad de impresionar.
Luego Jesús añade otra corrección: “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos” (Mateo 6:7). Con esto no está prohibiendo toda repetición verbal, como si repetir una línea en oración fuera automáticamente pagano. El mismo Cristo, en Getsemaní, volvió a expresar una oración semejante más de una vez. Lo que está denunciando es la palabrería vacía, el lenguaje inflado, la ilusión de que muchas palabras obligan a Dios a responder.
Esa crítica tiene trasfondo histórico. En el mundo pagano, abundaban las fórmulas, los títulos acumulados, las largas invocaciones y las expresiones rituales destinadas a captar el favor de una deidad. Era una manera de pensar la oración casi como técnica. Si se decía lo suficiente, si se repetía lo correcto, si se cargaba el discurso con solemnidad, entonces el dios escucharía. Jesús rompe con esa lógica. El Dios de Israel no se manipula. No se impresiona con volumen verbal. No responde a una maquinaria lingüística.
Por eso añade: “No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis” (Mateo 6:8). Esa frase es crucial. La oración no existe para informarle algo a Dios que él desconoce. Mucho menos existe para torcer su brazo o modificar su carácter. La oración, en su sentido más puro, nos coloca delante del Padre para reconocer quién es él, quiénes somos nosotros y bajo qué gobierno queremos vivir.
Entonces viene el modelo: “Vosotros, pues, oraréis así” (Mateo 6:9).
Y Cristo nos entrega la oración más conocida de la historia cristiana.
“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”. La oración empieza con Dios, no con mis urgencias. Empieza con su nombre, no con mis ansiedades. Empieza con su santidad, no con mis caprichos. “Venga tu reino”. Eso significa que la oración genuina no pide solamente alivio privado; pide la irrupción del gobierno de Dios. “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Ya aquí Cristo nos lleva al centro del asunto. Luego añade: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”. O sea, dependencia diaria, no autosuficiencia. Después: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. La oración no separa la relación con Dios de la manera en que tratamos al prójimo. Finalmente: “Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal” (Mateo 6:9-13).
Hasta aquí, Jesús ha corregido la manera incorrecta de orar y ha ofrecido un patrón correcto. Ahora bien, dentro de ese patrón hay una frase que, aunque muchísima gente la repite, pocos asumen con toda su gravedad: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”.
Ahí se concentra una de las demandas espirituales más serias que puede hacer un creyente.
Porque pedir pan diario es natural. Pedir perdón también. Pedir protección, sin duda alguna. Sin embargo, pedir que se haga la voluntad de Dios implica algo más duro: renunciar a la fantasía de que la oración existe para que Dios ejecute mi agenda. La oración bíblica no fue diseñada para que el ser humano maneje a Dios. Fue dada para que el ser humano aprenda a rendirse delante de Dios.
En el mundo bíblico, la voluntad divina no se concebía como un destino ciego ni como una energía impersonal. Mucho menos como un accidente. La voluntad de Dios era su designio, su deseo santo, su decisión soberana, su camino recto. En el Antiguo Testamento aparecen varias maneras de expresar esta idea. A veces se habla del consejo de Dios, a veces de su propósito, a veces de lo que le agrada. No es un concepto abstracto; es el querer eficaz del Señor sobre la historia y sobre la vida del pueblo.
Isaías 46:10 lo expresa con una contundencia impresionante: “Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero”. El salmista, por otra parte, no ve la voluntad de Dios como enemiga, sino como escuela de obediencia: “Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen espíritu me guíe a tierra de rectitud” (Salmo 143:10). Y en el Salmo 40:8 leemos: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón”.
Fíjese bien en el cuadro. Para la tradición bíblica, la voluntad de Dios no era meramente lo que Dios decide en las alturas, lejos del hombre. Era también la senda en la que el justo debía caminar. Era soberanía, sí; pero también obediencia. Era decreto, sí; pero también formación del corazón.
Eso ayuda a entender por qué Jesús habla así.
Él no está inventando de la nada una idea nueva. Está hablando como judío dentro del mundo espiritual de Israel, donde el nombre de Dios, el reino de Dios y la obediencia a Dios eran asuntos centrales. Incluso en corrientes del judaísmo del Segundo Templo, como las comunidades de Qumrán, la fidelidad se describía precisamente como caminar conforme a todo lo que Dios había ordenado. Dicho de otra forma: la espiritualidad judía seria no consistía en inventarse un camino propio, sino en alinearse con la voluntad del Santo.
Jesús, sin embargo, le da a ese lenguaje una intensidad particular. No dice solamente que la voluntad de Dios debe ser conocida. Dice que debe hacerse en la tierra como ya se hace en el cielo. Ahí la oración se vuelve inmensa. Ya no estamos hablando solo de mi vida privada. Estamos hablando del choque entre dos órdenes: el orden del cielo, donde Dios reina sin disputa, y el orden de la tierra, donde el pecado, el miedo, el ego y la rebelión deforman la vida humana.
“Hágase tu voluntad” es, por tanto, una petición de alineación. Es pedir que la tierra aprenda el ritmo del cielo.
Ahora bien, esa frase nos incomoda porque nosotros solemos pensar la oración de otra manera. Oramos para que las cosas salgan bien. Oramos para que el problema se resuelva. Oramos para que el mal se aparte. Oramos para que el dolor no nos toque. Todo eso es humano. Todo eso tiene su lugar. El mismo Padre Nuestro incluye peticiones concretas. Lo que no podemos hacer es imaginar que la oración sirve para eliminar la soberanía de Dios y reemplazarla por la mía.
Aquí hay que hablar claro: la oración no cambia la mente de Dios como si Dios fuera un ser confundido al que nosotros educamos con nuestras emociones. La oración no corrige a Dios. La oración no endereza a Dios. La oración no le informa a Dios lo que conviene. Más bien, nos trae a nosotros delante del Padre para aprender a recibir el día, con su pan, con su carga, con su batalla, con su prueba, sabiendo que no estamos solos.
Por eso esta petición no debe leerse de forma sentimental. Es una rendición espiritual seria.
Jesús mismo la encarnó. En Getsemaní dijo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). No negó el dolor. No ocultó el peso. No fingió fortaleza teatral. Presentó su deseo, sí; pero sometió ese deseo a la voluntad del Padre. Ahí está el modelo. La oración honesta no es la que niega lo que siente; es la que, aun sintiéndolo, se rinde.
Y esa voluntad puede manifestarse de distintas maneras.
A veces será para bien visible, para provisión, para alivio, para restauración. Otras veces será para probar el corazón, para podar el orgullo, para quebrar la autosuficiencia, para purificar la fe. Job es el ejemplo clásico. No sufrió porque Dios se le salió de control. Sufrió dentro de un marco en el cual Dios seguía siendo Señor. Pablo también lo entendió cuando pidió que le fuera quitado el aguijón, y la respuesta no fue removerlo de inmediato, sino decirle: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).
Eso nos cuesta.
Nos cuesta porque, si somos honestos, preferimos una voluntad divina que siempre se vea como ascenso, salud, tranquilidad y puertas abiertas. Pero la Escritura no presenta un Dios reducido a darnos comodidad. Presenta un Padre que forma hijos. Presenta un Señor que trabaja con el alma. Presenta un Dios cuya meta no es simplemente que hoy tú te sientas bien, sino que seas transformado.
Ahí entra también Mateo 6:34, más adelante en el mismo capítulo: “Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán; basta a cada día su propio mal”. Esa línea no es pesimismo. Es realismo espiritual. Jesús no promete un calendario sin conflicto. Reconoce que cada día trae su propia carga. Entonces, ¿para qué oramos? Oramos para vivir ese día bajo el cuidado del Padre. Oramos para no caminarlo como huérfanos. Oramos para recibir el pan de hoy, la gracia de hoy, la lucidez de hoy, la fidelidad de hoy.
Y cuando más adelante decimos “no nos metas en tentación”, tampoco estamos acusando a Dios de tentar al ser humano al mal. Santiago 1:13 lo aclara de manera tajante: “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie”. La petición del Padre Nuestro apunta más bien a que el Señor nos guarde en la hora de prueba, que no nos deje caer, que nos sostenga, que nos libre del mal o del maligno. No es una sospecha contra Dios. Es una confesión de fragilidad humana.
Por eso la oración cristiana madura no es una lista de exigencias dirigidas al cielo. Es un acto de dependencia radical.
Y aquí es donde el texto le cae de frente al creyente moderno.
Nosotros vivimos corriendo. Planificamos, calculamos, resolvemos, empujamos, forzamos. Queremos saber qué viene mañana, controlar el daño, blindar la vida, eliminar toda incertidumbre. Luego llevamos esa ansiedad a la oración, como si orar fuera un modo religioso de asegurar nuestros planes. Pero Jesús no nos enseñó a orar así. Nos enseñó a presentarnos delante del Padre, santificar su nombre, pedir su reino y aceptar que su voluntad sigue siendo mejor que nuestra lectura inmediata del momento.
Eso significa que cuando usted ora por su casa, por sus hijos, por su salud, por su trabajo, por una puerta abierta o por una crisis que lo está desgastando, puede hacerlo con libertad, con intensidad y con fe. Hágalo. Clame. Pida. Interceda. Llore si hace falta. Ahora bien, no olvide esto: la oración no convierte a Dios en empleado de nuestras expectativas. La oración nos coloca, más bien, bajo la sabiduría del Padre.
A veces esa sabiduría abrirá la puerta que usted lleva meses pidiendo. Otras veces la cerrará. A veces quitará la carga. Otras veces le dará espalda para cargarla. A veces cambiará la circunstancia. Otras veces lo cambiará a usted dentro de la circunstancia. Pero en ambos casos, sigue siendo voluntad divina. Y precisamente porque sigue siendo voluntad divina, no debe producir solo miedo; también debe producir descanso.
Descanse en esto: el Dios cuya voluntad usted pide no es un tirano caprichoso. Es el Padre nuestro que está en los cielos. La oración empieza ahí para que no olvidemos jamás con quién estamos tratando. No estamos cayendo en manos del caos. Estamos cayendo en manos del Padre.
Por eso, el reto del creyente no es meramente aprenderse el Padre Nuestro. El reto es atreverse a vivirlo. Decir de verdad: Señor, que se haga tu voluntad, no solamente cuando me conviene, sino también cuando me pruebas; no solamente cuando me bendices de la manera que esperaba, sino también cuando me corriges, me detienes o me haces caminar por un tramo que yo no habría escogido.
Eso requiere fe. Requiere madurez. Requiere humildad.
Requiere, sobre todo, una oración menos teatral y más rendida.
Tal vez ha llegado la hora de revisar cómo estamos orando. Menos espectáculo, menos palabrería, menos intento de negociar con Dios. Más reverencia. Más lucidez. Más verdad. Más confianza. Más capacidad de decir, incluso con el corazón temblando: Padre, dame el pan de hoy, perdona mis deudas, sosténme en la prueba, líbrame del mal… y haz tu voluntad en mí, como ya se hace en el cielo.
Si este mensaje le confrontó, compártalo. Quizás alguien más necesita dejar de usar la oración para pedir control y comenzar a usarla para aprender rendición.
Popular Posts
¿Por Qué Cayó Sodoma Según Ezequiel 16:46-58?
- Get link
- X
- Other Apps
¿Qué quiso decir Pablo con gracia y paz?
- Get link
- X
- Other Apps

Comments
Post a Comment