¿Por Qué Cayó Sodoma Según Ezequiel 16:46-58?
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| La Biblia revela un nuevo entendimiento sobre la caída y restauración de Sodoma según Ezequiel 16:46-58. |
Es fácil decir que Dios destruyó Sodoma por su inmoralidad sexual. Es lo que se nos ha dicho desde niños. Pastores, predicadores, y películas lo repiten como una verdad incuestionable. Pero, ¿y si no fue la lujuria lo que condenó a Sodoma? ¿Y si el pecado por el cual Dios la derribó fue otro, uno más común, más humano y más repetido en la historia? El capítulo 16 del libro de Ezequiel no solo desafía la versión tradicional, sino que plantea una restauración sorprendente. Este pasaje no es solo una profecía; es un espejo. Y si lo lees con cuidado, verás reflejado no solo a Jerusalén, sino también a nosotros.
Ezequiel 16:46-58 es parte de una extensa alegoría donde Jerusalén es comparada con una mujer adúltera. En este pasaje, Dios habla por medio del profeta Ezequiel y se dirige directamente a Jerusalén, pero el lenguaje y la comparación dejan claro que el mensaje tiene un tono más universal. Jerusalén es hija de una madre pagana y hermana de dos ciudades: Samaria al norte y Sodoma al sur. La comparación es punzante. Dios no está diciendo que Jerusalén simplemente se comportó mal; está diciendo que fue peor que Sodoma y Samaria juntas. Para un israelita del exilio, esta acusación debió haber sido escandalosa.
Pero más escandaloso aún es el detalle que Dios da sobre los pecados de Sodoma. En el versículo 49, se declara: “He aquí que esta fue la maldad de tu hermana Sodoma: soberbia, hartura de pan y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas, pero no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso.” La acusación no menciona ni una sola palabra sobre actos sexuales. Lo que Dios señala con dedo firme es el orgullo, la comodidad excesiva y la indiferencia ante el sufrimiento del pobre. Sodoma cayó, no por perversiones, sino por indiferencia. Fue una ciudad que se volvió insensible, que se deleitaba en su abundancia mientras ignoraba al necesitado.
Esto no niega que hubiera inmoralidad sexual en Sodoma. Lo que hace es señalar que eso no fue la raíz, sino un síntoma. El verdadero juicio cayó por una falta de justicia social, por un corazón endurecido ante el necesitado, por una sociedad engordada en sí misma. Es una crítica profunda al egoísmo institucionalizado. Dios le recuerda a Jerusalén que, aunque tiene el templo, las ofrendas, y las fiestas religiosas, sus acciones hablan más fuerte. Jerusalén cometió peores cosas porque sabía más. Tuvo la ley, tuvo a los profetas, tuvo al pacto. Y aún así, repitió los mismos errores, pero en mayor grado.
El mensaje de Ezequiel tiene varios niveles. Por un lado, Jerusalén es la destinataria directa. Pero cuando observamos la estructura del pasaje, queda claro que Dios está usando a Sodoma y Samaria como ejemplos para mostrar una realidad más amplia. Es como si dijera: “Si estas ciudades, que fueron destruidas por sus pecados, tienen un futuro de restauración, ¿qué te hace pensar que tú estás exenta de juicio o más allá de la esperanza?” Este es el doble filo del texto. Condena con severidad, pero también abre la puerta a la misericordia. Y aquí es donde entra el tema de la restauración.
En los versículos 53 al 55, Dios anuncia algo impactante. Dice que va a “restaurar” la suerte de Sodoma, de Samaria, y de Jerusalén. ¿Restaurar? ¿Sodoma? ¿La ciudad que fue quemada con fuego del cielo? ¿La ciudad que se convirtió en símbolo de condenación eterna? Sí. Dios dice que traerá de vuelta su “cautiverio”. La palabra hebrea que se traduce como “cautiverio” puede significar también “restauración de la suerte” o “regreso a la prosperidad”. Sea como sea, el mensaje es claro: Sodoma no está borrada para siempre.
Este detalle teológico cambia por completo la forma en que vemos la historia. Sodoma no será restaurada porque lo merece, sino porque la fidelidad de Dios va más allá del castigo. Samaria y Jerusalén tampoco serán restauradas por méritos. El punto central es que Dios está demostrando su poder, no solo para juzgar, sino para redimir. El pasaje está mostrando que el arrepentimiento verdadero puede abrir puertas que ni el fuego del cielo puede cerrar.
Y aquí viene lo más provocador del texto: Jerusalén se sentirá avergonzada. No solo por sus pecados, sino por ver que aquellas a quienes menospreciaba están siendo restauradas junto con ella. Es una lección contra la arrogancia religiosa. Jerusalén pensaba que era especial, única, intocable. Pero su pecado fue más grave precisamente porque tenía más luz. Y ahora Dios le está diciendo que sus hermanas —Sodoma y Samaria— compartirán con ella el mismo destino de restauración. Es como si el último fueran los primeros, y los primeros tuvieran que esperar su turno.
La enseñanza es brutal en su honestidad. El mensaje no endulza la realidad. Jerusalén no será restaurada para ser ensalzada, sino para humillarse. Verso 61: “Y te acordarás de tus caminos, y te avergonzarás.” La restauración no es un premio; es una oportunidad. No es una medalla; es un espejo que revela la vergüenza de lo que se fue. Dios está diciendo que la gracia, cuando llega, no viene sola. Viene con memoria, con confrontación, con arrepentimiento.
El pasaje también derrumba la noción de que algunos pueblos están perdidos para siempre. Sodoma, la ciudad que muchos usan como símbolo de lo irredimible, es mencionada aquí como una futura receptora de gracia. ¿Cuántas veces usamos etiquetas para marcar a quienes creemos que ya no tienen esperanza? ¿Cuántas veces decimos “ese ya no tiene remedio”? Dios parece tener otro plan. Y ese plan incluye a los despreciados, los olvidados, los arruinados.
Pero no confundamos restauración con impunidad. El texto no es un cheque en blanco. De hecho, toda la restauración está precedida por juicio, humillación, vergüenza, y reconocimiento de culpa. Dios no está ignorando el pecado; lo está confrontando hasta el fondo. Y es solo desde ese abismo de conciencia que puede surgir una restauración auténtica.
La pregunta que nos queda es: ¿quién se atreve a aceptar esta visión de Dios? ¿Uno que castiga con fuego pero también levanta del polvo? ¿Uno que llama a cuenta a su pueblo pero no lo abandona? ¿Uno que le dice a su ciudad amada: “fuiste peor que Sodoma”, y luego añade: “pero te restauraré junto a ella”?
Este tipo de Dios desafía nuestra teología cómoda. Nos obliga a reevaluar nuestras ideas sobre el juicio y la gracia. Nos hace mirar más allá de los clichés y enfrentar el hecho de que podemos estar caminando la misma senda que Sodoma —no por lujuria, sino por apatía. No por lo escandaloso, sino por lo cotidiano. Por ignorar al pobre. Por tener pan en la mano y no compartirlo. Por sentirnos seguros y pensar que eso es señal de aprobación divina. Por creer que, por ser religiosos, estamos exentos del juicio.
¿Y qué hay de la restauración? ¿Qué clase de restauración espera Dios? No una que solo reconstruya muros y templos. No una que solo repita rituales. La restauración que Dios anuncia es una que transforma el corazón. Una que hace que el restaurado mire hacia atrás y se avergüence. Una que no se basa en la superioridad espiritual, sino en la humildad. Una que pone en el mismo nivel a Sodoma, Samaria y Jerusalén.
Este pasaje también sirve como un llamado de atención a cualquier nación, iglesia o persona que se crea superior moral o espiritualmente. Es una advertencia contra la arrogancia religiosa. Porque si Dios no perdonó a Jerusalén, ¿por qué habría de pasar por alto a otros? Si Jerusalén fue juzgada más severamente por tener más luz, ¿no ocurre lo mismo hoy con quienes conocen la Palabra pero viven como si no la conocieran?
La restauración de Sodoma también sirve como una profecía escatológica. Algunos intérpretes ven en este texto un anuncio de la gracia final de Dios, cuando reúna todas las cosas y redima incluso lo que parecía irredimible. En ese sentido, Ezequiel 16 no solo habla del pasado ni del tiempo del exilio. Habla del final. Del día en que Dios restablezca todas las cosas, y en ese acto sublime, incluso las ciudades malditas serán redimidas, no por su mérito, sino por su gracia.
Y en cuanto a quién se dirige esta porción, la respuesta es triple. Primero, a Jerusalén, como figura central del pecado y la redención. Segundo, a Samaria y Sodoma, como ejemplos históricos que sirven de espejo. Y tercero, a nosotros. A todo lector que se atreve a mirar su propia ciudad, su propia vida, su propia nación, y preguntarse: ¿nos parecemos más a Sodoma de lo que estamos dispuestos a admitir?
Este pasaje no solo reinterpreta el pecado de Sodoma; reinterpreta la idea de justicia misma. Nos obliga a redefinir lo que significa ser malos ante Dios. No basta con evitar ciertos pecados visibles. Lo que pesa ante Él es el orgullo, la negligencia hacia el pobre, la arrogancia espiritual, la vida cómoda sin compasión. En ese sentido, muchos Sodomas modernos están vivos y bien establecidos. Con templos, ofrendas, y credenciales religiosas. Pero Dios sigue buscando el corazón.
Así como comenzó esta reflexión con una pregunta incómoda, es justo terminar con otra: Si Dios restaurará a Sodoma, ¿qué excusa nos queda a nosotros para seguir ignorando al necesitado, al forastero, al que no cabe en nuestras categorías religiosas? Porque si hay esperanza para Sodoma, entonces hay esperanza para todos. Pero también hay juicio. Y en el balance de ambos —gracia y verdad— se encuentra el verdadero mensaje de Ezequiel 16.
¿Te atreves a mirarte en ese espejo?

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