Podcast: Bendiciones Diarias con Ministerio Campo Adel
Featured
- Get link
- X
- Other Apps
Por Qué Las Iglesias Hispanas en América Están Vacías Hoy
![]() |
| Una iglesia hispana vacía, con solo un fiel buscando a Dios. |
En los años ochenta, mi abuela caminaba tres millas cada domingo para llegar a la iglesia. No había aire acondicionado, no había asientos acolchonados, no había pantallas ni luces LED. Solo un altar, un predicador encendido, y una comunidad unida por una necesidad urgente de Dios. Hoy, en esa misma ciudad, hay cuatro iglesias hispanas en un radio de diez cuadras. Y si entras a cualquiera de ellas, lo más probable es que veas más bancas que gente. ¿Qué pasó con esa pasión? ¿Dónde se escondieron los fieles? ¿Y por qué, en medio de una población hispana creciente en Estados Unidos, están vacías tantas iglesias?
Una iglesia no muere de golpe, muere de abandono. Y el abandono empieza cuando los creyentes ponen a Dios en espera. En muchos hogares latinos, Dios sigue siendo importante, pero solo cuando conviene. Nos hemos acostumbrado a una fe a la carta, donde el horario de Dios debe adaptarse a los compromisos del hombre. Ya no hay tiempo para servicios entre semana, ni para ayunos congregacionales, ni para vigilia. “Es que trabajo temprano,” “es que los niños tienen práctica,” “es que necesito descansar.” Siempre hay un “es que.” Y cada excusa se convierte en un ladrillo más en la muralla que separa a la iglesia de su pueblo.
En realidad, las iglesias no se están vaciando por falta de recursos, ni por el idioma, ni porque no haya líderes. Se están vaciando porque hay cristianos que quieren a Dios, pero no tanto como quieren estar cómodos. Quieren el cielo, pero sin el sacrificio. Quieren sentir a Dios, pero sin entregarse. Quieren milagros, pero sin oración. Quieren crecimiento, pero sin compromiso. Quieren al Dios que bendice, pero no al Dios que exige. Y cuando Dios no cabe en sus horarios, simplemente lo eliminan del calendario.
Este fenómeno es especialmente evidente en las iglesias hispanas. La cultura latina siempre ha sido apasionada, expresiva y profundamente religiosa. Pero en el contexto americano, esa pasión se está diluyendo con la rutina. En lugar de traer el fuego a este país, muchos han adoptado la frialdad espiritual que ya infecta a otras iglesias. Los cultos cortos, los mensajes diluidos, la falta de reverencia, y el deseo de no incomodar al visitante han transformado la adoración en una experiencia superficial. Y en ese afán por hacer la iglesia más atractiva, se ha hecho más irrelevante.
La paradoja es que nunca ha sido tan fácil encontrar una iglesia. Hay servicios en español, inglés, bilingües, tradicionales, contemporáneos, de jóvenes, de parejas, de mujeres, de hombres. Hay transmisiones en vivo, aplicaciones móviles, grupos en WhatsApp, y aún así, las bancas están vacías. No es un problema de acceso, es un problema de apetito. La pregunta ya no es si hay iglesia, sino si hay hambre de Dios.
Los pastores hispanos lo sienten. Muchos predican a sillas vacías. Se desgastan, oran, visitan, llaman, pero la gente no responde. ¿Por qué? Porque están compitiendo con una cultura que idolatra la conveniencia. La cultura donde si llueve, no se va al culto. Donde si hay un partido, se pospone la oración. Donde si hay cansancio, se pone a Dios en pausa. Y cuando la prioridad no es Dios, todo lo demás se convierte en una distracción.
El problema no es solo personal, es también familiar. Las nuevas generaciones están creciendo sin ver modelos de verdadera consagración. Ven a padres que asisten a la iglesia solo cuando les conviene. Ven a madres que oran solo cuando hay crisis. Ven a familias que llegan tarde, se van temprano, y no sirven en nada. ¿Qué mensaje reciben esos niños? Que Dios es opcional. Que la fe es negociable. Que la iglesia es un hobby, no una necesidad.
Y cuando esa generación llegue a la adultez, ¿qué quedará? Iglesias aún más vacías. Púlpitos abandonados. Congregaciones sin visión. Porque una generación que heredó la costumbre, pero no el fuego, no tiene la fuerza para sostener el altar.
Ahora bien, no todo está perdido. Hay iglesias pequeñas pero vivas. Hay pastores cansados pero firmes. Hay familias fieles, aunque sean pocas. Pero si no se confronta este cáncer de apatía, si no se reprende este espíritu de comodidad, si no se despierta este pueblo dormido, el declive continuará.
Muchos dirán que la iglesia no necesita gente, que solo necesita a Dios. Es cierto en parte. Pero también es cierto que Dios usa gente para levantar su obra. El mismo Jesús dijo: “La mies es mucha, pero los obreros pocos.” ¿Dónde están los obreros hispanos hoy? ¿Dónde están los que antes tocaban puertas, ayunaban por semanas, daban sin reservas? ¿Dónde están los que lloraban en el altar, los que se quedaban después del culto barriendo, los que iban a la iglesia aunque no hubiera música?
Lo triste es que muchos de ellos aún están vivos, pero apagados. Están en casa, viendo Netflix, haciendo fila en Chick-fil-A, descansando del trabajo. Tienen fuerzas para todo menos para servir. Tienen tiempo para todo menos para adorar. Tienen energía para el gimnasio, pero no para la vigilia. Y mientras tanto, el enemigo no descansa. Mientras los cristianos negocian su tiempo con Dios, el diablo no toma vacaciones. Él sigue robando familias, dividiendo hogares, enfriando corazones. Y lo hace sin interrupciones.
La ironía más grande es que, cuando hay tragedia, todos quieren correr a la iglesia. Cuando hay cáncer, cuando hay divorcio, cuando hay un accidente, ahí sí se busca a Dios. ¿Pero dónde estaba Dios cuando todo estaba bien? Donde lo dejamos: esperando en la banca, en un templo vacío, mirando un reloj que nunca se ajusta a su hora.
No se puede tener un avivamiento con una agenda carnal. No se puede experimentar lo sobrenatural con una mente natural. No se puede pedir que Dios se mueva si uno mismo no se mueve. Y hasta que el pueblo hispano en América no se arrepienta de su tibieza, de su indiferencia, de su manipulación del evangelio, las iglesias seguirán muriendo.
Dios no va a competir con tus prioridades. Él no va a rogarte que le des lo que ya es suyo. No va a mendigar tu tiempo, ni tu atención. Él es Rey. Y si no lo tratamos como tal, no esperemos su favor. Porque el favor de Dios no descansa sobre un calendario que lo ignora.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Primero, reconocer el problema. Dejar de echarle la culpa al pastor, al gobierno, al sistema. El cáncer está en el corazón de cada creyente que ha dejado de buscar a Dios con pasión. Segundo, arrepentirse. No con palabras bonitas, sino con acciones concretas. Volver a orar. Volver a servir. Volver a diezmar. Volver a llegar temprano. Volver a llorar en el altar. Y tercero, comprometerse. No por emoción, sino por convicción. No solo el domingo, sino cada día. Porque la fe que no transforma la rutina, es solo una religión más.
El problema de las iglesias hispanas en América no es que sean pequeñas, es que han sido domesticadas. Han cambiado el fuego por la formalidad. La gloria por la comodidad. La urgencia por la espera. Y mientras no rompamos con ese patrón, seguiremos construyendo templos vacíos para un Dios que no se conforma con migajas.
Puede que esta generación no recupere todo lo que ha perdido, pero aún puede encender una chispa. Una chispa que despierte a los dormidos. Que sacuda a los conformes. Que devuelva a Cristo al centro. No en teoría, sino en práctica. No en palabra, sino en poder. Porque si no lo hacemos ahora, ¿cuándo? Si no es esta generación, ¿cuál?
Quizás hoy Dios está pasando lista. Está viendo quién lo sigue de verdad, y quién solo lo menciona cuando le conviene. Y tal vez la pregunta más importante no es por qué están vacías las iglesias, sino: ¿quién de nosotros está dispuesto a llenarlas con obediencia, servicio y pasión? Porque si no lo hacemos nosotros, alguien más lo hará. Y seremos testigos del avivamiento... desde la distancia.
Popular Posts
¿Qué quiso decir Pablo con gracia y paz?
- Get link
- X
- Other Apps

Comments
Post a Comment