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Pablo y los Apóstoles: ¿Herejía o Hermandad?
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| Representación artística de Pablo de Tarso, figura clave en la expansión del cristianismo entre los gentiles |
Imagina entrar en una habitación donde están sentados los hombres que caminaron junto a Jesús. No figuras simbólicas, sino seres humanos reales. Hombres que compartieron pan con él, que vieron cómo sanaba, cómo enseñaba con autoridad, cómo lloraba. Hombres que se derrumbaron cuando lo crucificaron, pero que también fueron transformados al verlo resucitado. Estos fueron los testigos originales, los que construyeron con sus propios pasos la base de lo que llamamos hoy cristianismo. Ahora, visualiza que a esa habitación entra alguien completamente ajeno. Un hombre que no estuvo allí cuando el Maestro enseñaba, que no presenció los milagros, que ni siquiera fue parte del círculo posterior a la resurrección inmediata. Al contrario, fue enemigo declarado de ese grupo. Lo conocían por otro nombre: Saulo de Tarso. Y si algo sabían de él, era que se había dedicado a cazar y encarcelar a los seguidores de Jesús.
Y sin embargo, ahí estaba, con una historia que parecía demasiado buena para ser cierta: que Jesús mismo —resucitado, glorificado— se le había aparecido y lo había enviado a predicar. No a los judíos, sino a los gentiles, los pueblos ajenos al pacto, al templo, a las promesas de Israel. Decía que el Cristo le había encomendado anunciar una salvación universal, gratuita, basada solo en la fe. A ojos de los apóstoles originales, todo esto sonaba audaz, si no descaradamente peligroso. ¿Quién era este hombre para hablar con tanta autoridad? ¿Y cómo saber si no era simplemente otro falso profeta, otra amenaza disfrazada de converso?
La historia de Pablo no puede entenderse sin este trasfondo de sospecha. Su conversión fue tan radical que parecía sospechosa. Pasó de ser perseguidor a predicador en un giro abrupto. Cuando fue por primera vez a Jerusalén, los apóstoles no lo recibieron con abrazos; lo miraban con cautela. Fue necesario que un hombre respetado, Bernabé, intercediera por él, diera fe de su predicación y explicara su experiencia. Incluso con eso, la relación no comenzó con unidad, sino con miedo.
Pero la verdadera tensión no estaba solo en el pasado de Pablo, sino en su visión del futuro de la fe. Los primeros cristianos seguían siendo judíos: circuncidados, fieles a la Ley de Moisés, observantes del templo y de las fiestas. Jesús, después de todo, había sido judío, y jamás había renegado de la Torá. Pero Pablo enseñaba que los gentiles no necesitaban asumir esa identidad para entrar al pueblo de Dios. Bastaba con creer. Para él, ni la circuncisión ni la dieta ni los ritos mosaicos eran requisitos para ser parte del nuevo pacto. Esa era su convicción: que la fe era suficiente.
Este mensaje no solo era nuevo; era disruptivo. Porque al decir que no hacía falta la Ley, Pablo parecía estar anulando siglos de tradición, poniendo en entredicho la identidad misma del pueblo elegido. Para muchos en Jerusalén —y quizás para algunos apóstoles también— esta idea resultaba peligrosa. ¿Estaba Pablo diluyendo el mensaje? ¿Ofreciendo una versión simplificada, accesible, pero espiritualmente irresponsable?
Las Escrituras mismas nos muestran que el conflicto fue real. Años después de su conversión, Pablo regresó a Jerusalén acompañado de Tito, un creyente griego no circuncidado. El gesto era deliberado. Tito era la prueba viviente de la inclusión sin la Ley. Algunos dentro de la iglesia exigieron que Tito se circuncidara. Pablo se negó. Para él, acceder habría sido traicionar el corazón del evangelio: la gracia por encima de las obras. Lo notable es que los líderes —Pedro, Santiago y Juan— no exigieron la circuncisión de Tito. Reconocieron el llamado de Pablo y le dieron la mano derecha en señal de compañerismo. Le encomendaron la misión a los gentiles, mientras ellos seguirían predicando a los judíos. Fue un momento clave de validación mutua, aunque no de armonía completa.
Porque si bien hubo acuerdos formales, las tensiones persistieron. Uno de los episodios más reveladores ocurrió en Antioquía. Pedro visitó la comunidad, donde judíos y gentiles comían juntos, desafiando los tabúes judíos. Al principio, participaba libremente. Pero cuando llegaron enviados de Santiago, Pedro se retiró. Su miedo a ser criticado lo llevó a actuar como si los gentiles fuesen impuros. Pablo estalló. Lo enfrentó públicamente, lo acusó de hipocresía, de traicionar el principio de la justificación por la fe. No fue una discusión educada: fue un choque abierto entre dos pilares del cristianismo.
Este episodio revela lo profundamente arraigadas que estaban las costumbres judías, incluso en los corazones de los líderes. Pedro, el mismo que había tenido la visión del lienzo con animales impuros, el que había visitado a Cornelio, aún sentía la presión del conservadurismo religioso. La iglesia naciente no era homogénea. Estaba llena de tensiones culturales, doctrinales, identitarias.
La pregunta inevitable es: ¿consideraron los apóstoles a Pablo un hereje? La respuesta más honesta es: depende a quién preguntes, y cuándo. Desde la perspectiva de algunos judíos cristianos, especialmente del grupo conocido como los “de la circuncisión”, Pablo era peligroso. Enseñaba a abandonar la Ley, cuestionaba tradiciones sagradas, desafiaba estructuras. Por eso fue perseguido, no solo por fariseos, sino también por creyentes celosos de la Ley. Sin embargo, en el núcleo de la iglesia de Jerusalén, liderado por Santiago, Pedro y Juan, no se le excomulgó. No lo llamaron apóstata. Al contrario, lo escucharon, lo reconocieron y, en momentos clave, lo respaldaron.
El Concilio de Jerusalén, relatado en Hechos 15, fue decisivo. Allí se debatió si los gentiles debían guardar la Ley. Tras deliberar, se concluyó que no. Solo se pidió a los creyentes no judíos que evitaran ciertas prácticas particularmente ofensivas para los judíos. Esta decisión no solo avaló el enfoque de Pablo, sino que marcó un punto de inflexión: la iglesia reconocía formalmente que había lugar para una fe sin la Ley.
Pablo, por su parte, nunca cortó los lazos. Aunque era ferozmente independiente y no dudaba en corregir a Pedro, mantuvo puentes. Recolectó ofrendas entre sus iglesias para los pobres en Jerusalén. Temía ser rechazado, pero asumió el riesgo. En sus cartas, reconoce a los líderes de Jerusalén como columnas. No los menosprecia; simplemente defiende que su llamado no proviene de ellos, sino directamente del Cristo resucitado.
Quizás la mejor manera de entender esta dinámica es pensar en una familia. Los apóstoles eran los hijos mayores, criados en las reglas del hogar. Pablo era el primo incómodo, el que llega con ideas nuevas, desafiando costumbres, reclamando haber recibido instrucciones directas del patriarca. Las discusiones eran inevitables. La confianza, difícil. Y sin embargo, seguían siendo familia.
Lo que une a estos hombres no es la uniformidad, sino la fe en un mismo Señor. Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado. En medio de sus diferencias, todos coincidían en que él era el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador. Esta convicción común no borraba sus diferencias, pero les daba una base para seguir caminando juntos.
La historia de Pablo y los apóstoles no es una nota al pie en la historia de la iglesia; es su núcleo. Nos recuerda que desde el inicio, los cristianos han luchado por definir qué significa ser parte del pueblo de Dios. Que la fe auténtica no siempre es limpia, ni lineal, ni unánime. Que incluso los más grandes tuvieron desacuerdos, fricciones, momentos de tensión. Pero también nos enseña que la unidad no requiere uniformidad. Que es posible tener diferencias profundas y, aun así, reconocer la obra de Dios en el otro.
Pablo no fue universalmente aceptado por todos. Hubo quienes lo vieron con recelo, quienes nunca dejaron de cuestionar su mensaje. Pero los líderes reconocidos lo validaron. No como hereje, sino como apóstol. Como colaborador en una misión más grande que cualquiera de ellos: anunciar la buena nueva a todo el mundo. El cristianismo no habría salido de su matriz judía sin ese conflicto, sin ese cruce de caminos. Y quizá, sin Pablo, habría quedado encerrado en una sola cultura, sin alcanzar al mundo.
La historia no termina con una sentencia de excomunión, sino con una coexistencia tensa, trabajada, guiada por la providencia. Una historia donde el desacuerdo no destruyó la fe, sino que la hizo crecer. Y en eso, tal vez, hay una lección aún más poderosa para nosotros hoy.
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