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El Silencio Original de Marcos y el Escándalo de la Revelación
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| El camino del Hijo del Hombre no comienza con un título glorioso, sino con polvo en los pies y ropas desgarradas. |
En los evangelios, cada palabra importa. Pero hay algo particularmente sagrado en las primeras palabras. La frase de apertura de un evangelio no es simplemente un saludo o una introducción elegante. Es una declaración densa, cargada de intención teológica.
Por eso, cuando se abre el Evangelio según Marcos con las palabras: “Comienzo del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”, uno siente que está pisando terreno firme. Parecería que, desde el inicio, se nos dice todo lo esencial: Jesús es el Mesías y, además, el Hijo de Dios. Pero, ¿y si te dijera que esa frase final, “Hijo de Dios”, no estaba en el original? ¿Y si te dijera que fue añadida después?
Esto no es una mera teoría especulativa. Es una conclusión respaldada por el análisis de los manuscritos más antiguos y confiables, por la lógica con que los copistas trabajaban, y por la estructura misma del Evangelio según Marcos.
Lo que descubrimos es que el título "Hijo de Dios" no estaba en el primer versículo, y que su ausencia no es una pérdida, sino una decisión literaria y teológica profundamente pensada. Marcos, al parecer, quería comenzar su relato no declarando la identidad de Jesús, sino invitando al lector a descubrirla poco a poco, a través de sus acciones, sus palabras y, especialmente, su muerte.
La Ausencia Que Habla: ¿Qué Dicen los Manuscritos?
Cuando hablamos del texto original del Nuevo Testamento, nos referimos a una tarea compleja. No poseemos el manuscrito original que Marcos escribió con su propia mano. Lo que tenemos son copias antiguas, hechas por escribas, algunas a pocas décadas del original, otras siglos después. La crítica textual es la disciplina que estudia estas copias para determinar cuál versión es más cercana al original.
La edición crítica más reconocida del Nuevo Testamento en griego, el Nestle-Aland Novum Testamentum Graece (versión NA28), coloca las palabras “Hijo de Dios” en Marcos 1:1 entre [[corchetes dobles]]. En el mundo académico, eso es un código claro: hay fuertes razones para pensar que esas palabras no estaban en el texto original.
¿En qué se basa esa conclusión? En los dos manuscritos más importantes que tenemos del siglo IV: el Códice Sinaítico y el Códice Vaticano. Ambos omiten la frase. Y en el caso del Sinaítico, lo interesante es que un copista la escribió originalmente, pero un corrector posterior la borró. Este detalle indica que, ya en el siglo IV, alguien con acceso a fuentes antiguas consideró que la frase no era auténtica.
A eso se suma que otros manuscritos importantes, como el Códice Bobiensis en latín antiguo y manuscritos en copto sahídico (una lengua egipcia), tampoco tienen la frase. Estos textos vienen de distintas regiones del mundo antiguo: Egipto, Italia, el Medio Oriente. Que tantos coincidan en omitir la frase es muy significativo.
Además, desde el punto de vista de la lógica histórica, es muy difícil imaginar que un escriba cristiano de los primeros siglos, que adoraba a Jesús y lo reconocía como Hijo de Dios, decidiera eliminar ese título del texto. No tendría ninguna motivación para hacerlo.
En cambio, sí es fácil entender por qué alguien más tarde querría añadirlo. A medida que la iglesia fue consolidando su doctrina, los cristianos buscaban claridad. Los evangelios de Mateo, Lucas y Juan son mucho más explícitos al llamar a Jesús Hijo de Dios desde el principio. Entonces, algún copista podría haber pensado que Marcos simplemente se había olvidado o había sido demasiado breve, y decidió “corregirlo”.
Pero esa corrección, aunque bien intencionada, borra algo esencial del estilo de Marcos: su manera de contar una historia no es con afirmaciones dogmáticas al principio, sino con momentos de revelación a lo largo del camino.
El Relato Como Descubrimiento: Una Cristología Narrativa
La omisión del título no disminuye la identidad de Jesús en el Evangelio, sino que refuerza la manera en que Marcos quiere que descubramos quién es. Marcos no quiere que empecemos sabiendo todo; quiere que lo averigüemos junto con los discípulos. Es una historia construida con suspenso, dudas, momentos de asombro y confusión. Es una narrativa donde la verdad no se impone desde lo alto, sino que se revela a través de la experiencia.
El evangelio arranca con una cita de Isaías, anunciando que Dios enviará a su mensajero. Luego aparece Juan el Bautista, y detrás de él, Jesús. Pero Jesús no viene gritando su identidad, ni acompañado de ángeles que lo presentan. Al contrario, se mezcla con la multitud, se deja bautizar, y recién entonces se oye una voz desde el cielo: "Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco" (Marcos 1:11).
Ese momento es clave. Es la primera vez en el evangelio que alguien lo llama Hijo de Dios. Si el versículo 1 ya lo hubiera dicho, este momento perdería impacto. Pero al no haber sido mencionado antes, la declaración celestial se vuelve poderosa, sorpresiva. El lector, como los presentes en la escena, se sorprende. ¿Quién es este hombre?
A lo largo del evangelio, esa pregunta persiste. Jesús sana, expulsa demonios, desafía a las autoridades. Los espíritus inmundos lo reconocen: “Tú eres el Santo de Dios” (1:24), “Tú eres el Hijo de Dios” (3:11). Pero los humanos no entienden. Los discípulos, incluso los más cercanos, se confunden constantemente. Ven milagros, pero no comprenden su significado. Pedro confiesa: “Tú eres el Cristo” (8:29), pero su visión del Mesías es parcial, tal vez militar o política. Y cuando Jesús habla de sufrimiento y muerte, Pedro se opone, incapaz de entender que el Mesías también debe morir.
La historia avanza hacia el momento culminante, donde finalmente, un ser humano, un gentil, un soldado romano, pronuncia la frase completa: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios” (15:39). Este momento ocurre justo después de la muerte de Jesús, cuando el velo del templo se rasga, y todo queda en silencio. No es un título aprendido de boca de otros, sino una conclusión nacida del testimonio de su muerte. Esa declaración es el clímax del evangelio, y solo tiene poder porque no se dijo antes. Si el título hubiese estado en el primer versículo, este reconocimiento del centurión se sentiría como una repetición, no como un descubrimiento.
El Silencio Como Estrategia Teológica
¿Por qué haría esto Marcos? ¿Por qué evitar llamar a Jesús “Hijo de Dios” al principio si de todos modos lo dirá después?
Porque quiere mostrarnos que el Hijo de Dios no es una identidad impuesta desde arriba, sino una verdad que se revela a través de la historia. Marcos no presenta una teología abstracta, sino una teología narrativa. En su relato, Jesús se convierte en el Hijo reconocido a medida que vive, enseña, actúa, sufre y muere.
La voz en el bautismo (1:11) no solo declara su identidad, sino que también inaugura su misión. Es como si lo invistiera con autoridad para comenzar. Luego, en la cruz, en el momento de mayor debilidad y abandono, Jesús grita: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (15:34). Ese grito, que parece de desesperación, muestra la profundidad de su entrega. Y justo después, el centurión lo reconoce como Hijo de Dios. No en un trono, no rodeado de gloria, sino colgado de una cruz. La paradoja es profunda: el Hijo se revela no por su poder, sino por su sufrimiento.
Para Marcos, entonces, ser Hijo de Dios no es solo una condición eterna, sino una vocación vivida. No es una etiqueta teológica, sino una realidad encarnada, demostrada en la obediencia, la entrega y el amor hasta la muerte.
¿Qué Perdemos Si Añadimos "Hijo de Dios"?
Podría parecer que agregar la frase “Hijo de Dios” en el primer versículo no cambia mucho. Al fin y al cabo, todos sabemos quién es Jesús, ¿verdad? Pero hacerlo cambia radicalmente la experiencia del lector. En lugar de acompañar el proceso de revelación, de dudar con los discípulos, de asombrarse ante los milagros, de quedarse confundido ante las parábolas, el lector se convierte en un espectador distante, que ya sabe el final.
El evangelio deja de ser una historia viva y se convierte en una afirmación doctrinal. El camino del descubrimiento se pierde. Y con eso, también perdemos la empatía con los discípulos, con sus errores y confusiones. Marcos quiere que caminemos junto a ellos, que no tengamos todas las respuestas desde el principio. Solo así, cuando llegamos a la cruz, la confesión del centurión puede golpearnos con toda su fuerza.
La Buena Noticia Que Se Va Revelando
“El comienzo del evangelio de Jesucristo.” Así empieza el relato. Y ese “comienzo” no es solo la primera frase. Es toda la historia. El evangelio es el proceso entero de revelación. Es el camino que Jesús recorre desde el bautismo hasta la cruz. Y en ese camino, se va mostrando quién es realmente.
Para Marcos, el evangelio no es una serie de ideas para creer, sino un relato que transforma al que lo escucha. Al suprimir el título “Hijo de Dios” en el inicio, Marcos nos obliga a prestar atención, a observar, a esperar. Nos obliga a no saltarnos el proceso. Y al final, en la cruz, nos confronta con una verdad inesperada: que el verdadero poder no está en imponerse, sino en entregarse; que el verdadero Hijo no conquista por la fuerza, sino por el amor sacrificial.
Descubrir en Lugar de Declarar
La crítica textual, los manuscritos más antiguos y el análisis narrativo coinciden: Marcos probablemente no escribió “Hijo de Dios” en el primer versículo. Pero esa ausencia no es una omisión accidental. Es una elección profundamente teológica. Es una forma de contar que respeta el proceso humano del descubrimiento. Que no impone una etiqueta, sino que invita a un encuentro.
Volver a ese comienzo original —“Comienzo del evangelio de Jesucristo”— no es restarle valor a Jesús. Al contrario, es permitir que su identidad resplandezca a través de sus acciones, su entrega y su muerte. Es permitir que su voz se escuche en el bautismo, que sus obras hablen por él, que sus enemigos lo reconozcan antes que sus amigos, y que finalmente, un soldado romano diga lo que nadie más se atrevió a decir.
Esa es la fuerza del evangelio según Marcos. No una doctrina escrita en mármol, sino una historia viva que transforma al lector. No una respuesta rápida, sino un viaje hacia la revelación más profunda: que el verdadero Hijo de Dios es aquel que se hace Hijo a través de su cruz. Y que el evangelio, la buena noticia, no comienza con un título, sino con una historia que hay que vivir.
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