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Podcast: Bendiciones Diarias con Ministerio Campo Adel

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¿Por Qué Cayó Sodoma Según Ezequiel 16:46-58?

  La Biblia revela un nuevo entendimiento sobre la caída y restauración de Sodoma según Ezequiel 16:46-58. Es fácil decir que Dios destruyó Sodoma por su inmoralidad sexual. Es lo que se nos ha dicho desde niños. Pastores, predicadores, y películas lo repiten como una verdad incuestionable. Pero, ¿y si no fue la lujuria lo que condenó a Sodoma? ¿Y si el pecado por el cual Dios la derribó fue otro, uno más común, más humano y más repetido en la historia? El capítulo 16 del libro de Ezequiel no solo desafía la versión tradicional, sino que plantea una restauración sorprendente. Este pasaje no es solo una profecía; es un espejo. Y si lo lees con cuidado, verás reflejado no solo a Jerusalén, sino también a nosotros. Ezequiel 16:46-58 es parte de una extensa alegoría donde Jerusalén es comparada con una mujer adúltera. En este pasaje, Dios habla por medio del profeta Ezequiel y se dirige directamente a Jerusalén, pero el lenguaje y la comparación dejan claro que el mensaje tiene un tono...

Cómo Las Decisiones De Lot Afectan Tu Vida Hoy

 

Ruinas antiguas en un desierto bajo un cielo despejado.
Las ruinas evocan la advertencia silenciosa de Sodoma: decisiones sin Dios dejan paisajes vacíos.

¿Y si tu próxima decisión te cambia la vida para siempre? No hablamos de elegir entre café o té, o de qué serie ver en Netflix esta noche. Nos referimos a esa clase de decisiones que no puedes deshacer. Aquellas que te empujan a un nuevo camino sin retorno. Decisiones como mudarte, casarte, cambiar de carrera, aceptar o rechazar una oportunidad, elegir a quién seguir y a quién dejar. ¿Y si la Biblia ya te ofreciera un espejo donde mirar las consecuencias de esas decisiones antes de tomarlas?

En el libro de Génesis, capítulo 13, encontramos a Lot, el sobrino de Abraham. No es uno de los nombres más famosos del Antiguo Testamento. No escribió salmos, no lideró batallas, no construyó arcas ni recibió las tablas de la ley. Pero hizo algo que todos hacemos: eligió. Y su elección lo cambió todo.

Lot había acompañado a su tío Abraham en su viaje de fe. Ambos eran hombres ricos, con rebaños, siervos y bienes. Tantos que no podían vivir juntos sin conflictos. Las tierras ya no daban abasto para ambos. Abraham, con humildad, le ofreció a Lot la oportunidad de elegir primero hacia dónde ir. Podía escoger el valle del Jordán, verde y fértil, o las regiones más áridas del occidente. Lot, al mirar hacia el valle, vio una tierra como el Edén. Lo que no vio fue lo que venía después.

Génesis 13:10-12 dice que Lot eligió el valle y fue armando sus tiendas “hasta Sodoma.” Esa frase, que parece inofensiva, esconde el principio de su ruina. Porque a veces, lo que brilla a lo lejos, quema cuando te acercas. Lo que parece una bendición termina en tormento. Y lo que uno elige con los ojos, sin consultar a Dios, suele traer consecuencias invisibles hasta que es demasiado tarde.

Al analizar la vida de Lot después de esa elección, lo que encontramos no es una historia de prosperidad, sino una lista de pérdidas. Perdió su paz, perdió su libertad, perdió a su esposa, perdió su riqueza, perdió su dignidad, y aunque él mismo seguía siendo un hombre justo, como dice 2 Pedro 2:7-8, el precio que pagó fue muy alto. Lo peor: todo empezó con una elección mal pensada.

¿Cuántos de nosotros vivimos hoy con el eco de una decisión pasada? Un matrimonio apresurado. Una mudanza motivada por el dinero. Una amistad que sabíamos que no era buena. Una oportunidad que parecía irresistible. Y ahora, años después, cargamos con consecuencias que ya no se pueden borrar. Recordamos el momento exacto en que tomamos la decisión. Quizá dijimos “Dios entiende,” o “esto es lo mejor para mí.” Tal vez ni oramos. Solo actuamos. Como Lot.

La vida cristiana no se mide por cuántas veces vas a la iglesia ni por cuántos versículos te sabes de memoria. Se mide, en parte, por las decisiones que tomas cuando nadie te está mirando. Cada decisión —grande o pequeña— construye tu camino. Y en ese camino, no puedes simplemente deshacer lo andado. Puedes cambiar de rumbo, sí. Puedes redirigirte. Pero cada paso cuenta. Y cada elección pesa.

Pensemos por un momento en las áreas donde nuestras decisiones son críticas. Primero, la más importante: ¿seguir a Cristo o no? Esa es la única elección que define tu eternidad. Aceptarlo como Salvador no es solo una creencia, es una decisión que transforma el resto de tus decisiones. Porque si Él es el Señor, entonces todo lo demás tiene que pasar por su voluntad: tus relaciones, tu trabajo, tus sueños, tu tiempo.

Después está tu carrera. Escoger cómo ganarás tu sustento no es solo un tema económico. Es una elección que afecta tu salud, tu familia, tus horarios, tu paz. Algunos se lanzan a carreras lucrativas sin preguntarse si eso les alejará de su fe, o si los llevará a un entorno moralmente peligroso. Otros eligen lo que les apasiona, pero sin buscar consejo, sin prepararse, y terminan atrapados en deudas o frustraciones. La carrera es más que un trabajo. Es un camino.

Luego está la elección de tu pareja. Nada afecta tanto tu vida emocional, espiritual y familiar como con quién decides compartirla. El matrimonio es un espejo que revela lo mejor y lo peor de ti. Elegir bien no garantiza que no haya problemas, pero elegir mal casi siempre garantiza dolor. No se trata de encontrar a alguien perfecto, sino de unirte a alguien que te acerque a Dios y no te arrastre lejos de Él. La Biblia no romantiza el amor; lo santifica.

¿Y qué decir de tus amigos? Puedes decir que ellos no te influyen, pero la verdad es que sí lo hacen. Te arrastran o te levantan. Te empujan a lo bueno o te acercan al pecado. Proverbios 13:20 lo dice claro: “El que anda con sabios será sabio; mas el que se junta con necios será quebrantado.” No todos merecen un lugar en tu círculo íntimo. Amar a todos no significa dar acceso a todos.

Hasta el lugar donde vives importa. Lot lo descubrió tarde. Pensó que vivir cerca de Sodoma era una estrategia económica. Terminó atrapado en una ciudad corrupta, con vecinos que aborrecían a Dios, rodeado de violencia e inmoralidad. ¿Cuántos hoy se mudan solo pensando en el precio de la renta o la belleza del vecindario, sin considerar el ambiente espiritual? Hay barrios donde el alma se seca, aunque el paisaje sea hermoso. Hay ciudades donde tus hijos crecerán en un desierto moral disfrazado de modernidad.

Entonces, ¿cómo podemos tomar mejores decisiones?

Primero, busca sabiduría de Dios. Santiago 1:5 promete que si pedimos sabiduría, Dios la dará sin reproche. Pero hay que pedir con fe, no con doble ánimo. Segundo, consulta a otros. La soberbia nos hace creer que sabemos todo. La humildad reconoce que otros pueden ver lo que tú no ves. Un amigo maduro, un pastor, un padre, un mentor, pueden ayudarte a evitar errores que ellos ya cometieron.

También necesitas conocer la Biblia. Muchos problemas de decisión se resuelven simplemente leyendo Proverbios con atención. Allí está el consejo que muchos ignoran. No necesitas una revelación del cielo para saber que no debes hacer negocios con un tramposo, casarte con un incrédulo, o vivir en una ciudad dominada por la violencia.

Y cuando tomes una decisión, hazlo con propósito. Hazlo para el Señor, no solo para ti. Salmo 37:5 dice: “Encomienda al Señor tu camino, y confía en él; y él hará.” A veces eso significa esperar. Otras veces significa renunciar. Pero siempre significará confiar.

Ahora, ¿qué pasa si ya cometiste un error? ¿Si ya tomaste una mala decisión?

Haz lo que hizo Lot: cuando Dios lo mandó a salir, obedeció. No discutió. No negoció. No pidió tiempo. Solo corrió. Y aunque perdió mucho, salvó su vida. ¿Qué habría pasado si se hubiera quedado por orgullo, por miedo, o por nostalgia? ¿Y tú? ¿Sigues en esa relación tóxica solo porque ya pasó mucho tiempo? ¿Sigues en ese trabajo que destruye tu fe porque no quieres “empezar de cero”? ¿Sigues rodeado de gente que te arrastra solo por no querer estar solo?

Haz lo que hizo Pedro después de negar a Jesús: lloró, se arrepintió, y volvió a servir. Haz lo que hizo Pablo después de perseguir a los cristianos: aceptó el perdón de Dios y se entregó al Evangelio con todo su ser. No se quedó en el error. Se levantó del error. No escondió su pasado. Lo usó como testimonio.

El error más grande no es equivocarse. Es quedarse allí por orgullo. Algunos errores tienen consecuencias permanentes, sí. Hay matrimonios que no puedes deshacer, hijos que ya nacieron, promesas que ya rompiste. Pero eso no significa que no puedas vivir en obediencia desde hoy. No todo puede corregirse, pero todo puede redimirse.

La historia de Lot nos confronta. No porque fue malvado, sino porque fue humano. Porque hizo lo que muchos haríamos: vio algo bonito, y lo quiso. Pero no lo consultó con Dios. Y esa omisión fue el inicio de su tragedia.

Hay momentos donde no decides entre bueno y malo, sino entre bueno y mejor. Entre lo que parece correcto y lo que realmente lo es. Esos momentos definen tu camino. No decidas con apuro. No decidas solo. No decidas sin orar. Porque cuando eliges sin Dios, caminas sin dirección.

Las elecciones importan. Lo que eliges hoy puede dolerte mañana o bendecirte para siempre. “Acuérdate de Lot,” no como un chiste, sino como una advertencia santa. Tu historia aún no está escrita. Pero cada página que agregues dependerá de las decisiones que tomes ahora.

Elige bien. A veces lo hacemos sin pensar. Pero detrás de cada decisión se esconden puertas abiertas o cerradas, caminos rectos o torcidos, destinos de paz o tragedia. Lot no fue un mal hombre. Solo fue un hombre que eligió sin Dios. No cometas el mismo error. No subestimes el peso de tus elecciones. Piensa en tus hijos, en tu alma, en tu propósito. La voluntad de Dios no es un límite; es un refugio. La próxima vez que estés frente a una encrucijada, no te fíes de la vista. Fíate del Señor. Porque mientras el valle puede parecer hermoso, la eternidad es lo que está en juego.

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