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Podcast: Bendiciones Diarias con Ministerio Campo Adel

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¿Por Qué Cayó Sodoma Según Ezequiel 16:46-58?

  La Biblia revela un nuevo entendimiento sobre la caída y restauración de Sodoma según Ezequiel 16:46-58. Es fácil decir que Dios destruyó Sodoma por su inmoralidad sexual. Es lo que se nos ha dicho desde niños. Pastores, predicadores, y películas lo repiten como una verdad incuestionable. Pero, ¿y si no fue la lujuria lo que condenó a Sodoma? ¿Y si el pecado por el cual Dios la derribó fue otro, uno más común, más humano y más repetido en la historia? El capítulo 16 del libro de Ezequiel no solo desafía la versión tradicional, sino que plantea una restauración sorprendente. Este pasaje no es solo una profecía; es un espejo. Y si lo lees con cuidado, verás reflejado no solo a Jerusalén, sino también a nosotros. Ezequiel 16:46-58 es parte de una extensa alegoría donde Jerusalén es comparada con una mujer adúltera. En este pasaje, Dios habla por medio del profeta Ezequiel y se dirige directamente a Jerusalén, pero el lenguaje y la comparación dejan claro que el mensaje tiene un tono...

Dios No Usa Palabras Bonitas Para Salvar

 El mensaje de la cruz no necesita adornos humanos para ser efectivo. 

Caricatura exagerada de un predicador expresivo sosteniendo una Biblia mientras predica con pasión desde el púlpito.
No es la elocuencia lo que transforma, sino la verdad sencilla del evangelio.

El evangelio no necesita adornos, ni frases sofisticadas, ni discursos complicados. El mensaje de la cruz, en su esencia más pura, tiene poder suficiente para transformar vidas sin depender de la elocuencia humana. Esta idea no es nueva ni moderna. El apóstol Pablo lo dijo con claridad cuando escribió a los corintios: “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo” (1 Corintios 1:17).

En otras palabras, Pablo sabía que si intentaba adornar demasiado el mensaje, si lo envolvía en lenguaje complicado o intelectual, el verdadero poder de la cruz podía perderse. La elocuencia puede impresionar, pero no salva. Las palabras refinadas pueden sonar bonitas, pero no cambian corazones. Lo que transforma a una persona es la verdad cruda y directa de que Jesús murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día, tal como lo anuncian las Escrituras (1 Corintios 15:3-4).

Jesús mismo enseñó con palabras simples. Usaba ejemplos cotidianos: una semilla, una oveja, un hijo pródigo, una viuda que oraba. No hablaba como los sabios griegos o los filósofos de su tiempo. Él hablaba con autoridad, pero con cercanía. Su mensaje era claro: el Reino de Dios está cerca, arrepiéntanse y crean en el evangelio. Esa claridad, esa sencillez, era parte de su poder.

Muchos piensan hoy que para predicar bien hay que tener estudios avanzados, dominar teología compleja o saber hablar como un conferencista profesional. Pero eso no es lo que Dios busca. Pablo también dijo: “Y yo, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:1-2).

El evangelio no es una filosofía ni una teoría que necesita defensa técnica. Es una verdad que se cree con el corazón y se confiesa con la boca (Romanos 10:9). Es una buena noticia tan sencilla que hasta un niño la puede entender. Por eso Jesús dijo que si no nos volvemos como niños, no entraremos en el Reino de los cielos (Mateo 18:3).

Dios, en su sabiduría, ha decidido salvar a los que creen, no a través del conocimiento humano, sino por la “locura de la predicación” (1 Corintios 1:21). La palabra “locura” aquí no significa tontería, sino que el mensaje de la cruz parece ilógico para quienes buscan sabiduría intelectual o señales espectaculares. Pero para los que creen, ese mensaje es poder de Dios.

Hay personas que, al escuchar un sermón sencillo, sienten que Dios les habla directamente. No porque el predicador haya usado palabras rebuscadas, sino porque el Espíritu Santo toca sus corazones a través de la verdad desnuda. Esa verdad es que todos hemos pecado, que estamos separados de Dios, pero que por amor Él envió a su Hijo para morir por nosotros, y que si creemos en Él, recibimos vida eterna (Juan 3:16).

No se trata de sonar inteligente. Se trata de ser fieles al mensaje. Cuando tratamos de impresionar con palabras humanas, podemos estorbar lo que el Espíritu Santo quiere hacer. Por eso Pablo dice que su predicación no fue “con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2:4-5).

La iglesia primitiva creció sin templos grandes, sin equipos de sonido, sin plataformas sociales, y sin teólogos famosos. Creció porque había hombres y mujeres sencillos que compartían el evangelio con valentía y con amor. No eran expertos, pero conocían al Salvador. No tenían títulos, pero tenían convicción. No sabían predicar como oradores, pero hablaban con el corazón.

Esto nos da esperanza. Porque cualquiera que ha sido transformado por Jesús puede hablar de Él. No necesitas saber todos los versículos. No necesitas tener respuestas a cada pregunta difícil. Solo necesitas compartir lo que Él ha hecho en tu vida. Como el ciego que fue sanado dijo: “Una cosa sé: que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (Juan 9:25).

Hoy hay un riesgo de sobrecomplicar el evangelio. Queremos hacerlo más atractivo, más moderno, más filosófico, más persuasivo. Pero en ese intento podemos perder su esencia. El evangelio no necesita maquillaje. No necesita filtros. Su belleza está en su verdad. Y esa verdad es que Dios nos amó aun cuando no lo merecíamos.

A veces pensamos que más preparación significa más poder. Pero Dios puede usar hasta lo débil para mostrar su gloria. “Lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:27). Él no está buscando a los más elocuentes, sino a los más disponibles.

La iglesia necesita más personas que hablen claro, que hablen con amor, pero también con convicción. Gente que no se avergüence del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree (Romanos 1:16). Gente que no quiera impresionar, sino que quiera alcanzar.

No subestimemos el poder de la sencillez. Jesús mismo, siendo el Hijo de Dios, no vino con discursos complejos. Hablaba en parábolas que la gente del campo podía entender. Escuchaban sus palabras y sentían esperanza. Lo seguían no por sus frases, sino por su autoridad, por su amor, por su verdad.

Cuando predicamos el evangelio con humildad, con sencillez y con sinceridad, Dios se glorifica. Porque entonces es claro que no somos nosotros los que convencemos, sino Él. El mérito no está en el mensajero, sino en el mensaje. Y ese mensaje es eterno, transformador, y suficiente.

Por eso no temas compartir tu fe. No digas “no sé hablar” como Moisés. Dios le respondió a él: “¿Quién dio la boca al hombre? ¿No soy yo, Jehová?” (Éxodo 4:11). Él te capacita. Él pone sus palabras en tu boca. Él toca los corazones.

Así que si vas a predicar, hazlo con sencillez. Si vas a hablar de Jesús, que sea con tus propias palabras. No trates de sonar como otro. No imites a nadie. Sé tú. Habla con amor. Habla con claridad. Y deja que Dios haga lo demás.

Muchos han sido salvados no por un sermón de mil palabras, sino por una sola frase que llegó en el momento justo. A veces basta decir: “Jesús te ama. Él murió por ti. Cree en Él.” Así de simple. Así de poderoso. Así de eterno.

Que no se nos olvide que lo que mueve el cielo no son los discursos brillantes, sino los corazones arrepentidos. Y lo que toca los corazones no son los adornos de las palabras, sino la verdad que penetra el alma.

Porque al final, como dijo Isaías: “Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Isaías 55:11).



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