Podcast: Bendiciones Diarias con Ministerio Campo Adel
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Confías En Todo, Menos En Él
A Dios lo usas como último recurso, nunca como el primero.
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| A veces no vemos el camino completo, pero confiar en Dios es saber que Él sí lo ve y lo endereza a su tiempo. |
Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia; reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas. Estas palabras, escritas hace siglos en el libro de Proverbios, todavía tienen poder hoy. Son como una brújula en medio del desierto, un faro en la niebla, una voz firme cuando todo parece temblar. Pero ¿qué significa realmente vivir estas palabras? ¿Cómo se ve, en la práctica, una vida que confía en Dios con todo el corazón?
La mayoría de nosotros confiamos... hasta que no. Confiamos en Dios cuando las cosas van bien. Cuando hay salud, cuando hay trabajo, cuando el pan no falta y la familia sonríe. Pero cuando llega el diagnóstico, cuando el trabajo se esfuma, cuando un hijo se aleja, cuando los planes no salen como queríamos, es fácil levantar la vista al cielo y preguntar: ¿Dónde estás, Señor? ¿Por qué no me respondes? Y en ese momento, este proverbio se vuelve más que un versículo bonito: se convierte en una decisión.
Confiar con todo el corazón no es confiar a medias. No es decir “yo confío en Dios” mientras por dentro uno trama un plan alternativo, una vía de escape por si Dios no aparece. Es rendirse. Es poner todas las fichas en su tablero, incluso cuando no entendemos el juego. Porque, aunque parezca duro, la fe no siempre se siente. A veces es una elección fría, terca, una caminata silenciosa en la noche más oscura. Es decir: “Dios, no entiendo nada, pero sigo creyendo que tú sabes lo que haces”.
Y es ahí donde entra la segunda parte del verso: no te apoyes en tu propia inteligencia. ¡Qué difícil! Porque desde niños nos enseñan a razonar, a pensar, a buscar lógica. Vivimos en una cultura que exalta la mente, la estrategia, el conocimiento.
Y no está mal pensar, claro. Dios nos dio una mente brillante para usarla. Pero cuando llega la hora de tomar decisiones cruciales, de caminar hacia lo desconocido, de elegir el perdón sobre la venganza, la verdad sobre la conveniencia, la fe sobre el miedo, nuestra mente puede convertirse en un obstáculo. Porque la lógica humana es limitada. Y la mente, por más brillante que sea, no ve el futuro.
Confiar en Dios es aceptar que Él ve lo que nosotros no. Que conoce los caminos que parecen torcidos pero que llevan al bien. Que su lógica es distinta. Es reconocer que no todo en la vida es un problema que se puede resolver con lápiz y papel. Hay heridas que solo Dios puede sanar. Hay puertas que solo Él puede abrir. Hay caminos que solo Él puede enderezar.
Y luego viene la tercera parte: “Reconócelo en todos tus caminos”. No dice: “reconócelo solo en la iglesia” o “reconócelo cuando ores”. Dice todos. En el trabajo, en la familia, en tus decisiones financieras, en el noviazgo, en tus redes sociales, en la manera en que hablas, en cómo manejas el carro, en cómo tratas al mesero que se equivocó con tu orden. Todos tus caminos.
¿Cómo se reconoce a Dios en el día a día? No se trata solo de decir “gracias a Dios” o “si Dios quiere”. Se trata de vivir como si su presencia fuera real en cada momento. Consultarlo. Hablarle. Preguntarle. Escucharlo. Involucrarlo. No como un agregado espiritual, sino como el centro de todo.
Y cuando lo haces, ocurre lo que promete el final del verso: “Él enderezará tus sendas”. Esa palabra, enderezar, es poderosa. Porque todos tenemos caminos torcidos. Caminos que se enredaron por nuestras decisiones, por heridas del pasado, por pecados ocultos, por traumas no resueltos, por miedo, por orgullo, por ignorancia.
Pero cuando decides confiar, soltar, reconocer a Dios en todo, Él empieza a trabajar. Y su obra no es rápida ni siempre visible. A veces, enderezar duele. Como cuando un hueso se ha soldado mal y hay que romperlo para que sane bien. Pero Él lo hace con amor, con propósito, con paciencia.
Muchos podrían pensar que confiar en Dios es una especie de pasividad: sentarse y esperar. Pero no es así. Confiar es activo. Requiere entrega. Implica decisiones diarias. A veces es decidir no responder a una ofensa. Otras veces es dar un paso de fe cuando no hay seguridad financiera. A veces es perdonar cuando el otro ni siquiera pidió perdón.
O quedarte en un lugar donde no te sientes cómodo pero sabes que Dios te quiere ahí. Es decirle: “No mi voluntad, sino la tuya”. Y eso cuesta. Porque nuestro orgullo quiere tener el control. Nuestra carne quiere decidir. Pero cuando uno suelta, cuando uno confía de verdad, algo cambia por dentro. La paz llega. No porque todo se resolvió, sino porque por fin dejamos de pelear con Dios.
Pienso en Abraham, a quien Dios le dijo que dejara su tierra y saliera sin saber a dónde iba. No tenía mapa. No tenía garantías. Solo tenía una palabra: “Yo estaré contigo”. Y con eso bastó. Hoy, miles de años después, lo seguimos recordando como el padre de la fe. No por ser perfecto, sino por haber confiado. Y si Dios usó a alguien como él —con sus dudas, errores, mentiras y tropiezos—, también puede usarte a ti, si decides confiar.
Y qué decir de María, una joven común a la que un ángel le dijo que daría a luz al Hijo de Dios. Ella no entendió del todo. Hizo preguntas. Pero al final respondió: “Hágase conmigo conforme a tu palabra”. Confió. Y gracias a esa fe, el Salvador vino al mundo.
Confiar en Dios no significa que todo saldrá como tú esperas. Significa que todo saldrá como debe salir. No quiere decir que no llorarás, sino que nunca llorarás solo. No garantiza que evitarás el valle, pero sí que no caminarás en él abandonado. Dios no promete comodidad, promete propósito. No siempre da respuestas, pero siempre da dirección. Y cuando uno camina con esa seguridad, el alma descansa.
He conocido personas que lo perdieron todo: salud, familia, dinero. Y sin embargo, irradiaban una paz que no tenía sentido humano. Esa paz que viene de Proverbios 3:5-6. Porque quien confía de verdad, no necesita explicaciones. Solo necesita presencia. Y la presencia de Dios, aunque invisible, es más real que cualquier problema.
Quizás tú, al leer esto, estás en un momento de decisión. Tienes frente a ti caminos que no sabes cómo recorrer. Te sientes perdido, cansado, agotado. Sientes que tu vida se torció tanto que ya no hay forma de enderezarla.
Pero te tengo buenas noticias: este versículo no es una fórmula mágica, pero sí es una promesa eterna. Si confías, si sueltas, si reconoces a Dios en medio del caos, Él mismo —no tú, no tus fuerzas—, Él se encargará de enderezar lo que hoy parece imposible.
Y no necesitas tener una fe gigante. Solo basta un sí. Un paso. Una rendición honesta. Puedes decirle ahora, en silencio: “Señor, ya no quiero controlar todo. Ya no quiero seguir dependiendo de mi lógica, de mis fuerzas, de mis estrategias. Hoy decido confiar. No entiendo, pero me rindo. No veo el final, pero creo que tú sí. Guíame. Endereza mi camino. Y aunque tenga miedo, camina conmigo”.
Esa oración, aunque simple, puede ser el inicio de una transformación profunda. No porque todo cambiará de la noche a la mañana, sino porque algo cambiará en ti. Y cuando tu corazón empieza a confiar, el mundo puede temblar a tu alrededor, pero tú permanecerás firme.
Proverbios 3:5-6 no es solo un texto para poner en una taza o colgar en una pared. Es una manera de vivir. Una invitación a dejar de pelear con la vida y empezar a fluir con la voluntad de Dios. No será fácil. Pero será eterno. Y al final, cuando mires atrás y veas todo lo que has vivido, te darás cuenta de algo: nunca estuviste solo. Siempre hubo una mano invisible guiando tus pasos. Y esa mano, aunque no la viste, siempre supo el camino.
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