Podcast: Bendiciones Diarias con Ministerio Campo Adel
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La Dignidad No Tiene Fronteras Ni Barreras
Cómo el amor cristiano responde a la persecución.
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| Un recordatorio de que la dignidad persiste incluso en medio de la adversidad; vemos la humanidad que a menudo se ignora en los debates políticos. Photo by The Free Birds on Unsplash |
En un mundo donde los límites de la justicia parecen torcerse a conveniencia, muchos cristianos indocumentados se enfrentan a la dura realidad de la deportación. A menudo, el discurso político los señala como un problema en lugar de verlos como personas hechas a imagen de Dios (Génesis 1:27). Si bien la política y la fe pueden parecer dos caminos separados, el evangelio nos llama a reflexionar profundamente sobre nuestras acciones hacia los marginados, especialmente en tiempos de persecución. No es suficiente mirar desde lejos; como cristianos, estamos obligados a actuar.
¿Qué se puede hacer durante este tiempo? La respuesta comienza con una disposición a enfrentar el problema desde la raíz. No se trata de desafiar al sistema solo por desafiarlo, sino de extender la mano con compasión, como Jesús lo hizo con los leprosos, los pecadores y los rechazados de su tiempo (Lucas 5:12-13). En el contexto actual, esto significa ofrecer apoyo tangible a aquellos que enfrentan el miedo constante de la deportación. Proveer refugio, recursos legales, oraciones y un oído dispuesto a escuchar son actos que reflejan el corazón de Cristo. El Ministerio Campo Adel, aunque no político, puede ser un faro de esperanza en medio de esta oscuridad, mostrando que el amor trasciende barreras humanas.
Sin embargo, el conflicto es ineludible. ¿Cómo podemos reconciliar nuestras responsabilidades legales como ciudadanos con nuestro llamado a amar al prójimo? En Romanos 13:1-2, Pablo nos instruye a someternos a las autoridades, pero no sin límites. Cuando las leyes humanas contradicen los principios divinos, el creyente está llamado a obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 5:29). Deportar a personas que buscan una vida mejor, muchas veces huyendo de violencia y pobreza extrema, no es solo una cuestión legal; es una cuestión moral. Cristo mismo fue refugiado cuando José y María huyeron a Egipto para protegerlo (Mateo 2:13-15). ¿Acaso no deberíamos ver en cada indocumentado el reflejo de esa misma historia?
Las Escrituras son claras acerca de cómo debemos tratar a los extranjeros. Levítico 19:33-34 instruye: "Cuando algún extranjero resida con ustedes en su tierra, no lo maltraten. Al contrario, trátenlo como a uno de sus compatriotas. Ámenlo como a ustedes mismos, porque extranjeros fueron ustedes en Egipto". Este mandato no está abierto a interpretación ni limitado a un contexto histórico. Dios no hace acepción de personas (Hechos 10:34), y nosotros, como seguidores de Cristo, estamos llamados a hacer lo mismo.
La persecución, aunque amarga, no es nueva para el pueblo de Dios. A lo largo de la Biblia, encontramos historias de hombres y mujeres que enfrentaron adversidad por su fe o por circunstancias fuera de su control. Desde José, vendido como esclavo y llevado a Egipto (Génesis 37), hasta los israelitas bajo el yugo del faraón, la opresión ha sido una constante en la historia bíblica. Sin embargo, en cada caso, Dios mostró que no abandona a su pueblo. Romanos 8:35-39 nos recuerda que ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución pueden separarnos del amor de Cristo. Esta promesa es un ancla para aquellos que hoy enfrentan la deportación. Aunque sus cuerpos sean desplazados, su espíritu permanece firme en las manos de Dios.
En este contexto, el amor cristiano hacia aquellos que sufren no es opcional; es el reflejo de nuestra fe. Jesús dejó en claro cuál es la medida de nuestro amor cuando dijo: "Porque tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; fui forastero, y me acogiste" (Mateo 25:35). Estas palabras no son un simple recordatorio de la caridad, sino una declaración contundente de que nuestra respuesta a los necesitados es, en última instancia, una respuesta al mismo Cristo. Cuando ignoramos el sufrimiento de los demás, rechazamos al Salvador que se identifica con ellos.
Entonces, ¿qué significa esto para la iglesia hoy? Significa que no podemos quedarnos callados. Aunque el Ministerio Campo Adel no se define como político, su misión es profundamente espiritual y, por ende, no puede ignorar las realidades sociales que afectan a sus hermanos y hermanas en la fe. Decir algo no es involucrarse en política; es hablar por la justicia, un mandato bíblico que resuena desde los profetas hasta Jesús mismo. En Miqueas 6:8, se nos dice claramente lo que el Señor requiere: "practicar la justicia, amar la misericordia y humillarte ante tu Dios". ¿Cómo podemos practicar la justicia si permanecemos indiferentes?
La iglesia tiene un papel crucial que desempeñar. No puede ser solo un lugar de consuelo espiritual; debe ser un refugio integral que ofrezca apoyo emocional, físico y práctico. Esto podría incluir la organización de fondos para servicios legales, la creación de redes de apoyo comunitario o la colaboración con otras iglesias y organizaciones para proteger a los vulnerables. Además, la iglesia debe ser una voz profética, denunciando las injusticias y llamando a la acción. Esto no es un acto de rebeldía contra el gobierno, sino una afirmación de que la soberanía de Dios está por encima de cualquier sistema humano.
Pero hay más. Este llamado a amar y proteger no solo beneficia a los indocumentados; también transforma a la iglesia misma. Cuando extendemos nuestras manos para ayudar, nuestros corazones también cambian. Nos volvemos más como Cristo, que no solo predicó el amor, sino que lo vivió, tocando a los intocables y abrazando a los rechazados. En este sentido, la ayuda a los indocumentados no es solo para ellos; es también para nosotros, para recordarnos qué significa realmente seguir a Jesús.
Finalmente, no debemos olvidar la esperanza. Aunque la situación puede parecer desalentadora, sabemos que Dios es soberano. Él tiene el control, incluso cuando el mundo parece caótico. En Jeremías 29:11, Dios promete: "Porque yo sé los planes que tengo para ustedes, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza". Esta esperanza no es pasiva; nos impulsa a actuar, a confiar y a perseverar.
En definitiva, el trato a los indocumentados es una prueba de nuestra fe. No se trata solo de política ni de economía; se trata de obedecer el llamado de Dios a amar sin límites, a dar sin esperar nada a cambio y a defender a los que no tienen voz. Como cristianos, no podemos mirar hacia otro lado. Estamos llamados a ser la luz en la oscuridad, el refugio en la tormenta y el eco de la voz de Dios en un mundo que desesperadamente necesita escucharlo.
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