Podcast: Bendiciones Diarias con Ministerio Campo Adel
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¿Por Qué Seguir A Jesús Es Difícil?
El discipulado implica un viaje interior de transformación.
| Bajo la luz cálida de la lámpara, sus pensamientos danzan entre las sombras, plasmándose en palabras que aún no conoce. |
Este breve diálogo nos lleva a reflexionar sobre lo que verdaderamente significa ser un discípulo de Cristo. Como cristianos, a menudo nos enfocamos en cómo seguir a Jesús en nuestras acciones externas, en cómo interactuamos con el mundo, en cómo servimos a los demás y proclamamos el Evangelio.
Pero hay otra dimensión igualmente importante en nuestro seguimiento de Cristo: la confrontación con nuestro propio corazón. La vida cristiana no solo se trata de ser luz para los demás, sino también de permitir que esa luz penetre en los rincones más oscuros de nuestra propia alma.
El verdadero discipulado implica no solo imitar a Jesús en lo visible, sino también encontrarnos con Él en lo más profundo de nosotros mismos, allí donde nuestras heridas, defectos y pecados permanecen escondidos.
El camino de Jesús no es simplemente una serie de acciones que hacemos en el mundo exterior, sino una transformación interna que requiere coraje, honestidad y, sobre todo, apertura a la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. Si bien estamos llamados a ser sus testigos en el mundo, también debemos ser honestos al permitir que Él nos moldee desde adentro.
Cristo no solo sanó cuerpos enfermos o alimentó a multitudes hambrientas; también confrontó el pecado y la falta de fe en los corazones de las personas. Él miraba más allá de las acciones externas y hablaba directamente al alma, a esas zonas oscuras que todos intentamos esconder.
Del mismo modo, cuando decimos que queremos seguir a Jesús, debemos estar dispuestos a permitirle entrar en esas áreas de nuestras vidas que preferiríamos mantener ocultas. No basta con estar dispuestos a llevar la cruz en lo público, también debemos llevarla en lo privado, en lo más profundo de nuestro ser.
Jesús nos dice en Juan 15:4: "Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes". Este llamado no es una sugerencia superficial; es una invitación profunda a habitar en Cristo de manera constante, a vivir en su presencia y bajo su gracia de manera continua.
Esta permanencia no es solo una cuestión de obediencia externa, sino de una verdadera comunión con Él que transforma nuestro ser. Cuando permitimos que Cristo nos encuentre en el corazón, entonces Él comienza a sanar esas heridas internas, a confrontar esos pecados que hemos permitido que crezcan en lo oculto.
En este contexto, es útil recordar el concepto de "metanoia", una palabra griega que a menudo se traduce como "arrepentimiento", pero que implica mucho más que un simple cambio de comportamiento. Se refiere a una transformación radical de la mente y del corazón. Y esta transformación es continua.
A lo largo de nuestra vida cristiana, siempre habrá nuevas áreas que Cristo nos llamará a rendir, nuevas partes de nosotros que necesitan ser renovadas y purificadas. Este proceso de metanoia no es fácil ni cómodo.
Así como Jesús no tenía un lugar donde descansar su cabeza, nosotros tampoco podemos encontrar descanso mientras nos aferramos a nuestras viejas formas de ser y pensar. La renovación en Cristo requiere que soltemos lo que nos resulta familiar y cómodo para abrazar lo nuevo y desconocido que Él nos ofrece.
El discipulado tiene un costo alto, y ese costo no se limita a lo que enfrentamos en el mundo exterior. Muchas veces estamos dispuestos a soportar las dificultades que el mundo nos impone por ser seguidores de Cristo, pero ¿estamos igualmente dispuestos a enfrentar las verdades incómodas sobre nosotros mismos?
En Mateo 7:21, Jesús advierte: "No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino solo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos". Este versículo nos recuerda que hacer la voluntad de Dios no se trata únicamente de lo que hacemos externamente, sino también de la obediencia interna, de someter nuestras emociones, deseos y pensamientos a la voluntad de Dios, incluso cuando nadie más lo ve.
Este encuentro íntimo con Cristo es lo que define la vida cristiana. No hay lugar donde podamos escondernos de Él, como nos recuerda el Salmo 139. No solo está presente cuando actuamos en público, proclamando su verdad o sirviendo a los demás; también está con nosotros en esos momentos de soledad, cuando enfrentamos nuestros propios temores, inseguridades y pecados. El discipulado implica esa disposición a abrirnos completamente a Cristo, a dejar que Él examine cada parte de nuestra vida y transforme lo que debe ser cambiado.
Podríamos pensar que el hombre que se acercó a Jesús en Lucas 9 estaba dispuesto a hacer todo lo necesario para seguir al Maestro. Sin embargo, Jesús, con su respuesta, le deja claro que el camino no será fácil ni predecible.
Este hombre, como muchos de nosotros, quizás estaba dispuesto a seguir a Cristo en la medida en que eso no comprometiera su comodidad personal o su estabilidad. Pero Jesús nos llama a algo mucho más profundo. Nos invita no solo a caminar con Él externamente, sino a encontrarnos con Él en el centro de nuestro ser.
El discipulado cristiano está lleno de paradojas. Cuanto más nos rendimos a Cristo, cuanto más renunciamos a nuestro control, más libres nos volvemos. Esto refleja el misterio del Evangelio, donde perder nuestra vida por causa de Cristo es, en realidad, encontrarla (Mateo 16:25).
No es un camino fácil. Implica sacrificio, tanto externo como interno, pero es un sacrificio que trae vida y libertad. A medida que nos rendimos más a Cristo, Él nos transforma más profundamente, y al hacerlo, experimentamos una vida que es más plena y más abundante que cualquier cosa que podríamos imaginar por nosotros mismos.
Seguir a Jesús no es simplemente una cuestión de cambiar nuestras acciones externas o nuestras circunstancias. Es un llamado a la transformación radical del corazón, a la renovación de la mente, y a la santificación de todo nuestro ser.
Es permitir que Cristo no solo sea el Señor de nuestras vidas en lo que otros pueden ver, sino también en lo que solo Él y nosotros conocemos. Solo cuando le permitimos a Cristo transformar nuestro ser interior podremos realmente reflejar su amor y gracia al mundo.
Al final, el discipulado es un camino que no admite atajos. No podemos seguir a Jesús solo cuando es conveniente o cuando se ajusta a nuestras expectativas. El costo es alto, y ese costo no solo se paga en lo que perdemos en el mundo exterior, sino también en lo que debemos entregar en nuestro interior.
Jesús nos advierte que no tiene un lugar donde recostar su cabeza, pero nos ofrece un lugar de descanso eterno en Su presencia. Aunque el camino es difícil y lleno de sacrificios, la recompensa es infinitamente mayor: una vida transformada por la comunión con Cristo y una eternidad en su presencia.
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