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La Verdadera Razón Por Qué Debes Temer a Dios Hoy
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| Photo by Jacob Bentzinger on Unsplash |
En el libro de Hechos, se nos presenta una imagen de la iglesia primitiva que debería capturar nuestra atención. Lucas escribe:
"Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo" (Hechos 9:31).
Este pasaje es notable no solo porque describe un tiempo de paz y crecimiento para la iglesia, sino también porque subraya un aspecto clave de la vida cristiana que a menudo se pasa por alto en la actualidad: "andando en el temor del Señor".
Para entender lo que significa caminar en el temor del Señor, primero debemos definir este concepto tan importante y, a veces, malentendido. En la cultura moderna, la palabra "temor" suele tener connotaciones negativas. Puede evocar imágenes de terror o miedo irracional. Sin embargo, en el contexto bíblico, el "temor del Señor" tiene un significado mucho más profundo y positivo.
El término hebreo para "temor", "YIR'AH", y su equivalente griego, "PHOBOS", abarcan una gama de significados que incluyen el miedo, el respeto, la reverencia y la piedad. Sin embargo, cuando hablamos del temor del Señor, no nos referimos a un miedo paralizante o a un terror irracional, sino a una reverencia profunda y un respeto que reconoce la santidad y majestad de Dios. Este temor es una combinación de asombro ante la grandeza de Dios y una conciencia de nuestra propia pequeñez e indignidad en Su presencia.
El apóstol Pablo captura esta idea cuando escribe a la iglesia en Filipos:
"Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no solo en mi presencia, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupáos en vuestra salvación con temor y temblor" (Filipenses 2:12).
Aquí, Pablo no está sugiriendo que los creyentes vivan en un estado constante de terror, sino que tomen su relación con Dios en serio, reconociendo tanto Su amor como Su santidad y justicia.
La idea de "temor y temblor" puede parecer anticuada o incluso innecesaria para algunos hoy en día. Vivimos en una época donde se enfatiza más el amor, la misericordia y la paciencia de Dios, lo cual, por supuesto, es fundamental para el mensaje cristiano.
Sin embargo, al hacerlo, a veces corremos el riesgo de minimizar otros aspectos del carácter divino, como Su justicia y Su rectitud. Este desequilibrio puede llevarnos a un cristianismo superficial, donde la gravedad del pecado y la necesidad de una verdadera santidad son subestimadas.
El temor del Señor, entonces, es esencial para una vida cristiana plena y equilibrada. Este temor no es simplemente un sentimiento pasajero, sino una actitud continua de reverencia y respeto hacia Dios, que influye en nuestras decisiones y acciones diarias. Es este tipo de temor el que motiva a los creyentes a apartarse del mal, a vivir de manera justa y a esforzarse por ser santos, como Dios es santo (1 Pedro 1:16).
La importancia del temor del Señor se subraya repetidamente en las Escrituras, especialmente en el libro de Proverbios. Se nos dice que "el temor del Señor es el principio de la sabiduría" (Proverbios 9:10), y que este temor es la clave para una vida prolongada (Proverbios 10:27), para la confianza y seguridad (Proverbios 14:26), y para la satisfacción en la vida (Proverbios 19:23). Sin este temor, corremos el riesgo de caer en la apatía espiritual, de coquetear con el mal y de ignorar las consecuencias eternas de nuestras acciones.
Pero, desarrollar este temor no es algo que ocurra automáticamente. Como el apóstol Pablo menciona en Romanos 10:17, "la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios". De manera similar, el temor del Señor también se cultiva a través de la exposición continua a la Palabra de Dios.
En Deuteronomio 31:10-13, Dios instruye al pueblo de Israel a reunirse cada siete años para escuchar la lectura de la Ley, con el propósito de que "aprendan a temer al Señor su Dios". Este mandato subraya la importancia de sumergirse en las Escrituras para desarrollar una comprensión adecuada del carácter de Dios y, en consecuencia, un temor saludable hacia Él.
Es crucial, sin embargo, que al leer la Palabra de Dios, mantengamos un equilibrio. No debemos enfocarnos exclusivamente en los pasajes que hablan de amor y misericordia, ni en aquellos que enfatizan la justicia y el juicio divino. Ambas facetas del carácter de Dios son necesarias para una comprensión completa de quién es Él y de cómo debemos relacionarnos con Él. Si solo vemos a Dios como amoroso y misericordioso, corremos el riesgo de volvernos permisivos y de trivializar Su santidad. Por otro lado, si solo enfatizamos Su justicia, podemos caer en un miedo enfermizo que ignora Su gracia y compasión.
El temor del Señor, bien entendido y equilibrado, nos lleva a una vida de devoción sincera y servicio comprometido. Nos impulsa a trabajar diligentemente en nuestra salvación, a esforzarnos por alcanzar la santidad y a mantenernos alejados del pecado. Como dice el salmista:
"Dios es temido en la gran asamblea de los santos, y venerado por todos los que están a Su alrededor" (Salmos 89:7).
Este temor no es algo que nos esclaviza, sino que nos libera para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, sabiendo que Él es justo, pero también infinitamente misericordioso.
El escritor de Hebreos también nos advierte sobre la importancia de mantener este temor saludable:
"Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado" (Hebreos 4:1).
Esta advertencia es una llamada a la seriedad en nuestra vida cristiana, a no tomar a la ligera las promesas de Dios ni nuestro compromiso con Él.
En conclusión, caminar en el temor del Señor es esencial para una vida cristiana auténtica y equilibrada. Nos ayuda a mantenernos enfocados en lo que realmente importa: vivir en obediencia a Dios, apartándonos del mal y esforzándonos por alcanzar la santidad.
Este temor no es opresivo, sino liberador, porque nos dirige hacia la verdadera libertad en Cristo, donde encontramos la paz y el descanso que solo Él puede ofrecer. Como dijo Pablo en 2 Corintios 7:1:
"Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios".
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