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Podcast: Bendiciones Diarias con Ministerio Campo Adel

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¿Por Qué Cayó Sodoma Según Ezequiel 16:46-58?

  La Biblia revela un nuevo entendimiento sobre la caída y restauración de Sodoma según Ezequiel 16:46-58. Es fácil decir que Dios destruyó Sodoma por su inmoralidad sexual. Es lo que se nos ha dicho desde niños. Pastores, predicadores, y películas lo repiten como una verdad incuestionable. Pero, ¿y si no fue la lujuria lo que condenó a Sodoma? ¿Y si el pecado por el cual Dios la derribó fue otro, uno más común, más humano y más repetido en la historia? El capítulo 16 del libro de Ezequiel no solo desafía la versión tradicional, sino que plantea una restauración sorprendente. Este pasaje no es solo una profecía; es un espejo. Y si lo lees con cuidado, verás reflejado no solo a Jerusalén, sino también a nosotros. Ezequiel 16:46-58 es parte de una extensa alegoría donde Jerusalén es comparada con una mujer adúltera. En este pasaje, Dios habla por medio del profeta Ezequiel y se dirige directamente a Jerusalén, pero el lenguaje y la comparación dejan claro que el mensaje tiene un tono...

Descubre El Secreto Para Superar Tus Excusas Utilizando la Vida de Moisés

 

Una zarza ardiendo en un paisaje desértico bajo un cielo despejado.
Imagen generada por DALL-E, OpenAI.

Cuando Dios se apareció a Moisés en la zarza ardiente, lo llamó a una misión que cambiaría la historia: liberar a Su pueblo de la esclavitud en Egipto. Sin embargo, Moisés, lejos de mostrarse entusiasta ante este llamado divino, comenzó a poner excusas. 

Esto es algo que todos hemos hecho en algún momento, ¿verdad? A veces, sentimos que Dios nos llama a hacer algo, pero inmediatamente buscamos razones para no hacerlo. A través de las excusas de Moisés y las respuestas de Dios, encontramos valiosas lecciones para nuestras vidas hoy en día.

La primera excusa de Moisés fue: “¿Quién soy yo para ir a Faraón y sacar de Egipto a los hijos de Israel?” (Éxodo 3:11). Esta pregunta revela la inseguridad de Moisés, un hombre que una vez fue parte de la realeza egipcia, pero que ahora era solo un pastor de ovejas, alejado de la vida que conoció en el palacio. 

Moisés había pasado 40 años en el desierto, y ahora, a los 80 años, sentía que no era la persona adecuada para la tarea. ¿Te ha pasado alguna vez? Tal vez Dios te está llamando a un nuevo ministerio, a compartir tu fe con alguien, o a liderar un proyecto, y tu primera reacción es pensar que no estás cualificado. 

Sin embargo, Dios le respondió a Moisés de una manera poderosa: “Yo estaré contigo” (Éxodo 3:12). 

En el Nuevo Testamento, vemos un eco de esta promesa en las palabras de Jesús cuando dice: 

“Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).
 No importa cuán inadecuados nos sintamos, la presencia de Dios con nosotros es suficiente. Recuerdo una vez que me pidieron predicar en una iglesia por primera vez. Mi reacción inmediata fue dudar. 

¿Quién soy yo para estar en el púlpito? Pero entonces recordé que no era yo quien tenía que estar a la altura de la tarea, sino que Dios estaría conmigo. Y así fue. Sentí Su presencia y pude compartir Su palabra con confianza.

A pesar de esta garantía, Moisés no se rindió fácilmente. Su segunda excusa fue: “¿Qué les diré?” (Éxodo 3:13). Moisés estaba preocupado porque no sabía cómo comunicar el mensaje de Dios. Esta es una preocupación común. 

A menudo, cuando Dios nos llama a hablar o a compartir nuestra fe, tememos no tener las palabras correctas. Pero Dios respondió rápidamente a Moisés: 

“Yo soy el que soy… Así dirás a los hijos de Israel: ‘Yo soy’ me envió a vosotros” (Éxodo 3:14).
 Dios le dio a Moisés el mensaje exacto que debía transmitir, asegurándole que Él mismo sería la fuente de sus palabras.

Esto me recuerda al apóstol Pedro, quien, después de la resurrección de Jesús, se encontraba en una situación en la que necesitaba hablar con claridad y autoridad. En Hechos 2, Pedro se levanta y predica un poderoso sermón en Pentecostés, y tres mil personas fueron añadidas a la iglesia ese día. 

Pedro, quien había negado a Jesús tres veces, ahora hablaba con valentía porque el Espíritu Santo le había dado las palabras y el poder necesarios. En nuestras vidas, cuando sentimos que no sabemos qué decir, podemos confiar en que Dios nos dará las palabras necesarias, tal como lo hizo con Moisés y Pedro.

La tercera excusa de Moisés fue: “¿Qué pasa si no me creen?” (Éxodo 4:1). Moisés temía que, a pesar de sus esfuerzos, el pueblo no lo escucharía ni creería que había sido enviado por Dios. 

Esta preocupación es válida y comprensible. El miedo al rechazo es algo con lo que todos lidiamos en algún momento. 

Sin embargo, Dios no dejó a Moisés sin recursos. Le dio tres señales: la vara que se convirtió en serpiente, su mano que se volvió leprosa y luego fue sanada, y el agua del Nilo que se convirtió en sangre. Estas señales no solo eran para convencer al pueblo de Israel, sino también para fortalecer la fe de Moisés.

En el Nuevo Testamento, Jesús también nos equipa con signos y señales para fortalecer nuestra fe y la de los demás. En Marcos 16:17-18, Jesús dice: 

“Y estas señales seguirán a los que creen: en mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.” 

Aunque hoy no vemos estas señales de la misma manera, el principio sigue siendo el mismo: Dios nos da evidencias de Su poder para que podamos tener la confianza de compartir Su mensaje con los demás.

La cuarta excusa de Moisés fue su supuesta falta de elocuencia: “Nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua” (Éxodo 4:10). 

Moisés intentó excusarse diciendo que no era un buen orador, que su capacidad para comunicarse era limitada. Pero Dios, quien conocía cada debilidad de Moisés, respondió: 

“¿Quién dio la boca al hombre? ¿O quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo, Jehová? Ahora pues, ve, que yo estaré en tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar” (Éxodo 4:11-12).

Esto me recuerda a Pablo, quien reconocía sus limitaciones en el habla. En 1 Corintios 2:1-4, Pablo dice: 

“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder.”
Al igual que Moisés, Pablo dependía del poder de Dios, no de su propia habilidad, para llevar a cabo su misión.

Finalmente, después de todas estas excusas, Moisés reveló su verdadera razón para resistirse: “Envíate, te ruego, por medio del que debes enviar” (Éxodo 4:13). En otras palabras, Moisés simplemente no quería ir. 

Esta resistencia final provocó la ira de Dios, quien, a pesar de todo, ya había preparado a Aarón para ser su portavoz. Esto nos muestra que la resistencia a los llamados de Dios no solo es desobediencia, sino que también puede despertar Su desagrado.

En nuestras vidas, a menudo actuamos como Moisés, poniendo excusas cuando Dios nos llama a una misión o tarea. Pero debemos recordar que cada excusa es solo una manifestación de nuestro miedo y falta de confianza en Dios. 

No debemos permitir que nuestras inseguridades nos impidan cumplir con el propósito que Dios tiene para nosotros. Si Dios nos llama, Él nos capacitará y nos acompañará en cada paso del camino.

Una vez escuché a un amigo pastor que, al igual que Moisés, se sentía inseguro de su capacidad para predicar. Se preocupaba por su dicción, por su conocimiento teológico y por cómo sería recibido por la congregación. 

Pero, al igual que Moisés, decidió confiar en Dios y obedecer el llamado. Con el tiempo, no solo se convirtió en un predicador poderoso, sino que también vio cómo Dios transformaba vidas a través de su ministerio.

La historia de Moisés no termina con sus excusas, sino con su obediencia y la liberación de Israel. A través de su disposición final para seguir el llamado de Dios, Moisés se convirtió en uno de los líderes más grandes de la historia bíblica. 

¿Y nosotros? ¿Cómo terminará nuestra historia? ¿Responderemos al llamado de Dios o continuaremos poniendo excusas? Tal vez Dios nos esté llamando hoy a hablar con alguien sobre el evangelio, a servir en nuestra comunidad o a liderar en nuestra iglesia. 

La decisión de obedecer está en nuestras manos, y podemos estar seguros de que, si respondemos, Dios estará con nosotros en cada paso del camino, tal como estuvo con Moisés.

Recordemos las palabras de Jesús en Juan 14:12

“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.” 

Si confiamos en Dios y respondemos a Su llamado, no solo seremos testigos de Su obra, sino que participaremos en algo más grande de lo que jamás podríamos imaginar. Que nuestra historia sea una de fe y obediencia, y no de excusas.


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